¿Cómo se convierten los pensamientos en enfermedades? - Mejor con Salud

¿Cómo se convierten los pensamientos en enfermedades?

Cuando una persona tiene mucha ansiedad o incluso depresión es probable que la enfermedad, además de afectarnos a nivel psicológico, desencadene una serie de síntomas físicos

Nuestra mente es tan poderosa que nos permite influir sobre nuestro estado físico. En los últimos años hemos visto como la puerta entre cuerpo y mente se abría de par en par, afirmando que están relacionados de una manera mucho más estrecha de la que podíamos suponer.

Todos tenemos la experiencia de haber estado enfermos y haber tenido la sensación de que con esa enfermedad física nuestra mente quedaba en una especie de encarcelamiento.

Hemos sentido como se volvía más perezosa y torpe de lo habitual, cerrándose tanto a la recepción de estímulos como a la producción de pensamientos propios.

Por otro lado, las investigaciones de los últimos años nos dicen que un estado de bienestar mental se asocia con un estado físico mejor, tanto del estado real del mismo como de la percepción que tenemos de él.

Parece que el orden y la esperanza que habitan en nuestras ideas tienen la capacidad, mediante el funcionamiento de nuestro sistema nervioso, de convertirse en un mejor estado físico.

Dicho de manera contraria, somos más proclives a contraer enfermedades cuando nuestra mente está desequilibrada. O sea, que la ansiedad o la depresión son enfermedades mentales que pueden contribuir a que aparezcan síntomas físicos indeseados.

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¿Cómo es el proceso de transformación?

Pensemos un momento en esos momentos en los que nos sentimos ansiosos. Nuestro corazón empieza a latir más fuerte y rápido de lo habitual, nuestras manos pueden empezar a temblar y es fácil que comencemos a sudar.

Todos estos son síntomas aparecen porque desde nuestra mente estamos poniendo a nuestro cuerpo en marcha, alterando nuestras constantes de una manera muy parecida a cuando comenzamos a hacer ejercicio.

Sin embargo, hay una diferencia muy grande: el ejercicio no se produce. El cuerpo difícilmente puede dar salida a toda esa energía que ha empezado a producir y esto produce una presión enorme sobre nuestro sistema nervioso.

Las venas y arterias que irrigan nuestros músculos apenas se dilatan y, sin embargo, nuestro corazón se ha puesto a mandar un montón de sangre.

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¿Qué sucede entonces?

Imaginemos que una multitud de coches de pronto se ponen a circular por una autopista y que, de repente, esa autopista se termina y una cantidad de tráfico muy similar tiene que ser absorbido por una carretera secundaria. El resultado es que se produce un colapso seguro.

Lo mismo pasa en nuestro cuerpo.

Tenemos a un corazón enviando coches y coches y al resto del cuerpo incapaz de absorberlos. Si esta situación se mantiene durante poco tiempo o no es muy intensa, el atasco se queda en una mera anécdota.

Sin embargo, cuando la intensidad es muy grande o muy continuada, se pueden producir grandes daños.

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Por otro lado, una de las conexiones más evidenciadas es la que relaciona el funcionamiento de nuestro sistema cognitivo con la fortaleza de nuestro sistema inmunológico.

Cuando nuestra mente no funciona bien es habitual que se revuelva contra el propio cuerpo y potencie internamente cualquier ataque que se produzca desde el exterior.

En este sentido, nuestra mente es como un ordenador y nuestro sistema inmunológico el antivirus. Si nuestro ordenador funciona mal lo que hace es desactivar este antivirus, poniéndole las cosas mucho más fáciles a cualquier troyano que nos quiera dañar.

Además, este debilitamiento no suele darse durante la época de estrés, sino cuando este estrés desaparece.

¿Qué papel desempeña nuestro cerebro?

No olvidemos que detrás de nuestras ideas y pensamientos hay un correlato químico en nuestro sistema biológico. Una estructura fundamental para entender esto es el hipotálamo, que desempeña un papel muy importante en nuestra regulación hormonal.

La peculiaridad de esta pequeña estructura es tremendamente reactiva ante nuestros pensamientos, ya sean en forma de recuerdo, en forma de interpretación de estímulos presentes, o en forma de anticipación de acontecimientos futuros.

Así, nuestro hipotálamo puede “despertarnos” de manera que estemos preparados para actuar más deprisa, relajarnos para dar paso al sueño o potenciar la sensación de placer.

 

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¿Qué influencia tiene nuestra conducta?

Hasta ahora hemos hablado de cómo la mente puede influir de una manera directa en nuestro cuerpo, pero no debemos olvidar una que no es menos importante, la que se produce a través de nuestra conducta. Pongamos un ejemplo:

Todos tenemos etapas de la vida que no son especialmente alegres y motivadoras. De hecho, aunque no hayamos pasado nunca por una depresión, algunas de las sensaciones que experimentamos en estos periodos se asemejan a las que se producen en esta enfermedad, aunque lo habitual es que no sean tan intensas ni continuadas.

Pues bien, en este tipo de épocas una de las cosas que hacemos es abandonar algunos de los aspectos de nuestro cuidado personal. En este sentido, uno de los primeros aspectos que se ven afectados suele ser la dieta.

Sacrificamos aquellos alimentos que nos gustan menos y que habitualmente son los más sanos por otros que nos proporcionen gustativamente más placer.

¿Por qué lo hacemos? Es una cuestión de equilibrio. Intentamos obtener mediante el gusto el placer que parecemos haber perdido por otros aspectos de la vida.

Desafortunadamente, la imagen que aparece en algunas series de la chica sentada en el sofá dándose un atracón de helado después de una ruptura amorosa es real.

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Es nuestra forma dañina de hacer que nuestro hipotálamo facilite en nuestra mente la sensación de bienestar que hemos perdido. Nuestra forma conductual de evitar que aparezcan los pensamientos negativos. Una manera contraproducente para la salud de nuestro cuerpo.

Sin embargo, la pérdida de este equilibrio no es el único motivo para descuidar nuestra dieta. El otro importante es que con la tristeza suele aparecer la falta de motivación.

Las razones (pensamientos) que antes nos parecían muy sólidos para cuidarnos, ahora pueden haber quedado en un segundo plano frente a lo que ha hecho que permitiésemos que apareciera la tristeza y se instalara en nosotros.

Acciones que antes nos parecían rutinarias, ahora parecen costarnos más. Intentamos simplificar nuestra rutina, como ir al supermercado al salir del trabajo y lo cambiamos por pedir una pizza, que nos cuesta menos esfuerzo.

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La otra cara de la moneda

Hasta aquí hemos hablado de cómo los pensamientos negativos nos debilitan, sin embargo también existe la otra cara de la moneda. Varios estudios realizados con personas enfermas han demostrado que una aptitud mental positiva ha hecho que su pronóstico mejorase sensiblemente.

Esto puede ser gracias a una actuación directa de los mismos a través de la bioquímica corporal o mediante la puesta en marcha de más instrumentos de control de la enfermedad, como la realización de ejercicio físico o el cuidado de la dieta.

Así, os animamos a que cuidéis lo máximo posible vuestra salud mental porque, a través de ella, estaréis mimando el resto de vuestro cuerpo. ¿Verdad que merece la pena?