Al pobre le faltan muchas cosas, al avaro, todas

El problema del avaro es que, aunque tenga infinidad de posesiones y sea feliz, siempre ansía más y nunca se conforma con lo que ya posee.

Al pobre le faltarán muchas cosas. No podrá gozar de grandes lujos, a veces incluso no tiene ni techo. En cambio, en ocasiones el avaro se encuentra en una situación mucho peor.

Hemos crecido en una sociedad consumista. Solo hay que fijarse en la publicidad que inunda nuestro día a día: el último móvil que ha salido al mercado, ese coche que nadie tiene aún… Seguro que lo que ya tenemos no es como para hacerle ascos. Sin embargo, cada vez anhelamos tener más sin darle el suficiente valor a lo que poseemos.

Al avaro le faltan muchas cosas porque no las valora

Creemos que nos faltan cosas porque así nos enseñan a pensar. Ese coche que termina de salir tiene algo que el nuestro aún no. Aunque sea una cosa pequeña, apenas importante, la creemos necesaria. Estamos llenos de egoísmo y de competitividad. Sentimos satisfacción al adquirir ese nuevo objeto. Pero, ¿somos felices al hacer esto? Los pobres sí lo son. No importa que se encuentren en la calle, que no tengan ni para comer. ¿A veces están tristes? Pues, ¡claro!

Somos seres emocionales y, aunque todo nos vaya genial, tendremos que padecer nuestros momentos de bajón. A pesar de todo esto, el pobre sabe lo que es la verdadera felicidad gracias a que ha aprendido a valorar lo poco que tiene. Contrariamente, observamos cada día a aquellos que gozan de millones que muchos de nosotros desearíamos tener.

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Ellos pueden comprarlo todo y  aun así les sobraría. Sin embargo, se sienten vacíos y, a veces, malgastan porque es lo único que pueden hacer para no pensar en lo mal que están. Hay que cultivar el alma, alimentar nuestro ser con cosas buenas. Anhelar más y más cosas no nos hará felices, sino que distraerá la mirada de lo que realmente amerita atención: nuestro interior.

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No hay mejor maestro que la vida misma

Ya sabemos todo esto que hemos dicho. No obstante, seguimos tropezando con la misma piedra una y otra vez. Mas, a fuerza de caernos, terminaremos aprendiendo. No hay mejor maestro que la vida misma para hacernos ver lo equivocados que estábamos. Recordemos esas veces que hemos empezado a valorar a las personas después de perderlas.

Pensemos en la gran cantidad de ropa que compramos y lo mal que nos sentimos al llegar a casa y ver nuestra cartera vacía. Actuamos sin pensar, porque no miramos; tan solo vemos. Cada vez que nos lamentamos de la vida que tenemos despreciamos todo lo conseguido hasta el momento y a todas esas personas que están a nuestro lado. En realidad, ya somos felices. Pero, buscamos motivos para no serlo.

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¿Mientras más tienes, más vales?

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El avaro piensa que cuantos más amigos tenga, mejor lo considerarán. Cuanto mejor sea su trabajo, más reconocimiento tendrá. Sin embargo, el valor que importa es el que tú te das. ¿Acaso, hay trabajos mejores o peores? Sí los hay más duros, más sacrificados que otros. No obstante, nunca deberías hacer una valoración entre cuál se ve mejor de cara a la sociedad.

Es el momento de empezar a cuestionarnos todo aquello en que creíamos hasta ahora. Nadie puede sustraerse del influjo de ciertos valores y creencias sancionados como buenos por la sociedad. Sí podemos, en cambio, hacer una selección de aquellos que nos convienen. Seamos críticos y quedémonos con aquello que nos aporta y es útil para vivir en armonía con nosotros mismos.

A modo de conclusión

Piensa por un momento qué ocurriría si no tuviéramos problemas y todo estuviese a nuestro alcance? Viviríamos bien, tranquilos, en paz. Pero, ¿y después? No valoramos que todo lo que nos ocurre da sentido a nuestra existencia. Sin problemas, sin dificultades, sin retos, nuestra vida no valdría nada.

  • Savater, F. (1994). El contenido de la felicidad. Madrid: Santillana.
  • Seligman, M. E. P. (2003). La auténtica felicidad. Barcelona: Ediciones B.
  • Vázquez, C., y Hervás, G. (ed.) (2009). La ciencia del bienestar: Fundamentos para una psicología positiva. Madrid: Alianza.