Los castigos en los niños: ¿Son útiles o no?

Raquel Lemos Rodríguez · 9 enero, 2019
El castigo como estrategia correctiva puede no ser tan efectiva, y mucho más cuando se castiga por castigar o para infundir temor. La comunicación constituye la mejor herramienta para que el niño aprenda.

Muchas personas creen que los castigos en los niños son necesarios; otras, en cambio, los consideran innecesarios e incluso negativos. Sin embargo, en este artículo veremos que los castigos en los niños varían en eficacia dependiendo de cómo se utilicen.

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Castigos en los niños: castigar como un método para infundir miedo

Si los castigos en los niños tienen como objetivo infundir miedo, lo estamos haciendo mal. Esto suele suceder cuando los padres no saben ejercer su autoridad de otra manera o se sienten inseguros en su papel.

Niña enfadada por recibir castigos

El problema de castigar a los niños con este objetivo es que los pequeños creerán que no se merecen nada bueno. Considerarán que hacen muchas cosas mal y andarán siempre de puntillas a la espera de que sus padres se enfaden.

Esto puede volverlos inseguros, ávidos de la aprobación de sus padres y con una autoestima muy baja. En definitiva, de esta manera puedes sentar bases negativas en tu hijo para otro tipo de relaciones en el futuro.

Además, los niños aprenderán algo que no es positivo. Creerán que para ejercer su autoridad tienen que amenazar y castigar. Esto podría hacer que, si en la edad adulta se convirtieran en jefes de una empresa, muy probablemente sean jefes tóxicos.

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¿Castigar por castigar?

Cuando los castigos en los niños se hacen sin sentido, puede que no logremos corregir el comportamiento que deseamos. En estos casos, como padres tendríamos que revisar si los castigos están siendo efectivos y cambiar nuestra estrategia si la respuesta es “no”.

Niño sacando la lengua

Pongamos un ejemplo. Marta tiene un hijo que ha llegado del colegio. El niño se ha quedado sin recreo porque no había hecho los deberes. Así que Marta castiga a su hijo.

Después, cuando está merendando con su hermana, se empieza a meter con ella y a actuar de una manera egoísta con algunas pinturas que tienen sobre la mesa. Marta vuelve a castigar a su hijo.

¿Qué está pasando aquí? Marta está normalizando el castigo, por lo que está perdiendo gran parte de su sentido. De hecho, el hijo de Marta no se molesta en corregir su conducta en otros momentos, pero es que ni siquiera piensa en el castigo.

Él sabe que si hace algo y a su madre no le gusta, se tiene que ir a la habitación, pero ya está. Después todo vuelve a la normalidad. El castigo ha perdido su sentido.

Quizá Marta podría hablar con su hijo, reflexionar sobre lo que ha pasado, entablar una conversación con él donde se intercambien puntos de vista. Tal vez, de esta manera, todo sería mucho más enriquecedor.

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La comunicación y la meditación

Aunque en algunas ocasiones los castigos en los niños puedan ser muy positivos, tenemos que analizar la manera en la que los llevamos a cabo. ¿Castigamos sin hablar con los niños sobre su conducta? ¿Hacemos del castigo algo normal?

Niña aburrida

En algunos casos, puede que funcione mucho más hablar con los más pequeños sobre lo sucedido. Sin embargo, para ello tenemos que sacarnos de la cabeza el hecho de que son pequeños y que no sabrán mantener una conversación seria o que gracias al castigo “nos respetarán”.

Comunicarnos con los niños les permitirá hacer preguntas si no entienden algo, mirar la situación como lo hace el adulto y adquirir una mayor responsabilidad sobre sus actos. Pero, sino se le explica nada, no va a entender nada.

Es cierto que con el castigo hay una consecuencia, pero no hay un aprendizaje. Por lo tanto, el castigo no está sirviendo de nada.

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En un colegio de Baltimore decidieron cambiar los castigos por momentos de meditación. Uno puede creer que los niños no sabrían estarse quietos o respetar esta especie de “castigo”. Sin embargo, los resultados fueron asombrosos.

Los niños aprendieron a gestionar mejor sus emociones, eran capaces de reflexionar sobre su comportamiento para después hablar de ello y, sobre todo, pudieron conocerse mucho mejor a sí mismos.

Quizás un castigo puntual surta efecto, pero si se convierte en algo cotidiano, puede que pierda su sentido.