Cómo el estrés repercute en tu cuerpo

Yamila Papa 5 septiembre, 2014

No debes dejar de lado las señales que te ofrece el organismo. En el caso del estrés, se lo conoce como un “fantasma silencioso” porque muchas veces no nos damos cuenta de lo que nos está queriendo decir, por ello es preciso entonces escuchar estos mensajes. En el siguiente artículo te enterarás cómo el estrés repercute en tu cuerpo.

¿Qué es el estrés?

Cuando nos enfrentamos a situaciones límite, grandes desafíos, obstáculos o frustraciones es cuando aparece el estrés. Básicamente es la tensión que se acumula en el organismo y que luego se transforma en un síntoma al “salir”. Esto quiere decir que puede representarse como dolores en el cuello, problemas para dormir, fatiga y hasta enfermedades.

Los síntomas del estrés son variados y todo depende de cómo la persona atraviesa los problemas o retos que le “ofrece” la vida. Es necesario entonces aprender a vivir con el estrés o mejor dicho, a convivir con él. Saber armar redes de contención y conocer las fortalezas para que el estrés pase sin pesarnos.

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En realidad, no hay fórmulas mágicas. La información del propio cuerpo y el autoconocimiento de las “señales” son vitales. Es decir, que es preciso comprender al enemigo del estrés y a la vez, tener la capacidad de utilizar las herramientas o armas con las que contamos para dar batalla. No hay que olvidarse que el cuerpo nos habla, todo el tiempo. Muchas veces pasamos por alto estos datos que continuamente nos entrega el organismo. Es necesario, entonces, detenernos a escuchar los avisos que nos alertan del peligro inminente.

Existen dos tipos de estrés: el agudo (el más común y que aparece por hechos recientes o anticipaciones del futuro inmediato) y el agudo episódico (se presenta en aquellos que experimentan estrés continuamente, como una suma de episodios que desencadenan en algo más grave).

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¿Por qué y cuando el estrés es un problema?

Los médicos indican que un poco de estrés es bueno para la salud del ser humano. ¿Cómo? Así es, ya que permite desarrollar ciertas hormonas y mecanismos de defensas para ocasiones más graves. Podría decirse que funciona como una vacuna, creando anticuerpos para atacar la enfermedad.

El problema radica cuando las reacciones a los hechos cotidianos “nos desbordan” o bien, cuando hay una acumulación de episodios estresantes. El cuerpo en algún momento dirá “basta” y eso se verá reflejado en nuestro día a día. Es bueno recordar que el estrés es una reacción a un estímulo, que se activará una y otra vez, cuando sea necesario. La mayor parte del cuerpo se verá afectada y cuando los episodios son prolongados o repetitivos, ocurrirá un desgaste que puede causar males mayores.

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El investigador Hans Selye, conocido como el “padre” del estrés, creó un modelo para mostrar cómo funciona el cuerpo para responder a las presiones, basándose en la teoría de la adaptación. En la fase de alarma, el cuerpo mueve sus fuerzas para enfrentar la amenaza o la presión. En la fase de resistencia, las hormonas del estrés se mantienen en un nivel alto, los músculos reciben más sangre, el corazón late más a prisa, los pulmones captan más oxígeno. Es decir, que el organismo arma una especie de “barrera” y se prepara para atacar.

Si la amenaza es muy grande o se mantiene durante un período prolongado, el cuerpo nunca se podrá adaptar a esos cambios. Esa es la fase de agotamiento. Las defensas se terminan y los recursos que antes defendían, ahora entran en una etapa de recesión.

¿Cuáles son los efectos del estrés en nuestro cuerpo?

Si bien hay un sinfín de síntomas relacionados al estrés, los siguientes son los que con mayor frecuencia aparecen. Presta atención a ellos para poder estar prevenido:

  • Irritabilidad, depresión o hiperexcitación
  • Palpitación cardíaca acelerada, hipertensión arterial, dolor de pecho o falta de aire

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  • Sequedad en la boca y la garganta
  • Conducta impulsiva e irritabilidad emocional, impulsos de gritar
  • Incapacidad para concentrarse, pensamientos “flotantes” o desorientación, se reiteran conceptos en la mente
  • Sensación de fatiga y pérdida de la alegría de vivir
  • Ansiedad, tener miedo sin saber a qué, estar a la expectativa de algo malo que pueda suceder
  • Tensión emocional, hipervigilancia, problemas para dormir, sensación de excitación, temblores, tics nerviosos
  • Susto por cualquier ruido que no es habitual, “saltar” del asiento porque se cae un objeto o tocan el timbre, por ejemplo
  • Risa chillona, alta y nerviosa
  • Tartamudeo, problemas para hablar, inconvenientes para encontrar las palabras adecuadas a lo que se quiere decir, hablar muy rápido sin respirar

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  • Bruxismo o rechinar de los dientes, presión de las piezas dentales al dormir o hacer ciertas actividades
  • Insomnio o trastornos del sueño, despertarse a horas no fijadas (madrugada)y no poder volver a dormir, pesadillas frecuentes incoherentes y repetitivas
  • Hipermotilidad o hiperkinecia, ir de un lado al otro sin motivos
  • Necesidad frecuente de orinar, diarrea, náuseas o vómitos
  • Tensión premenstrual, desequilibrios en el ciclo menstrual, mayor irritabilidad hormonal
  • Dolores en el cuello, en la parte baja de la espalda y en los hombros
  • Falta de apetito o hambre voraz para reducir la ansiedad, alteraciones del peso, trastornos alimentarios como obesidad, anorexia, desnutrición, bulimia, etc
  • Aumento de las adicciones como ser el cigarrillo, el alcohol, las drogas o los fármacos legales
  • Psicosis, conductas neuróticas, observación alterada de la realidad, visión distorsionada de los hechos
  • Tristeza, sensación de inseguridad, apatía, sensación de carencias afectivas, desesperación, postergación, aislamiento, retraimiento, sensación de menor valía, tendencia a accidentes
  • Higiene personal escasa o deficiente, trastornos para vestirse, maquillarse, peinarse o arreglarse.
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