Cómo no sucumbir ante los caprichos de los hijos

No ceder ante los caprichos de tu hijo no te hace ser un mal padre, sino que te ayuda a convertirlo en una persona capaz de valorar aquello que consigue

¿Qué hace tu hijo cuando tiene caprichos? Llorar, dejarte en evidencia en el supermercado, gritar bien alto para llamar la atención…

Los niños saben, perfectamente, cómo conseguir lo que quieren y también saben tus puntos débiles, aquello que te hará ceder.

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Sin embargo, para educar bien a los hijos es importante no ceder ante sus caprichos, sobre todo si a veces no es que no queramos dárselos, sino que, en realidad, no podemos.

Esto les permitirá saber que en la vida hay límites y que no siempre podrán obtener todo lo que quieran a base de gritos, pataletas y otro tipo de recursos que sirven para manipular a quienes deseen.

Recuerda que eres la autoridad

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En ocasiones, nos olvidamos de que, como padres, somos la autoridad, quienes mandamos. En el momento en el que le damos a nuestro hijo aquello que con gritos intenta conseguir, hemos perdido toda nuestra autoridad.

Debemos ser firmes cuando digamos “no” y mirarlo a los ojos sin miedo. No tenemos ni que dar explicaciones: un “no” es un “no” y tienen que acatarlo.

¿Qué ocurre si, a pesar de esto, mi hijo se pilla un berrinche, llora y me deja en evidencia? El problema de muchos padres es que esta situación les hace ceder por pena o por vergüenza.

Ceder nunca será un buen recurso educativo. Cuando cedemos nuestro hijo sabe que podrá hacerlo otra vez, probar de nuevo a conseguir aquello que no queremos darle.

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Tu autoridad se ha visto mermada en un abrir y cerrar de ojos. Ignora el berrinche de tu hijo, ¡te está manipulando con su actitud!

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Piensa… si te dejas manipular por tu propio hijo, ¿cómo serás capaz de no dejarte utilizar por nadie más?

Ponte en acción con los caprichos

A veces nos duele tener que castigar a nuestros propios hijos, pero es totalmente necesario. Solo de esta manera sabrán identificar que sus malos actos tienen consecuencias.

Puede ser un castigo “de cara a la pared”, retirarle su juguete favorito, apagarle la televisión o no llevarlo al parque ese día para que disfrute.

Desde luego, no esperes que tu hijo reaccione positivamente ante todo esto. Las pataletas seguirán y los lloros se incrementarán.

Pero, si tú no eres capaz de controlarlo, si no eres capaz de ponerle límites, ¿quién lo hará?

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Eres su progenitor, quien debe velar por que se convierta en una persona que sepa convivir con los demás, que tenga ciertos valores y sea responsable de sí mismo.

Si no le pones límites, si no emprendes acciones contra él, creerá que puede conseguir todo lo que desea y hacer lo que quiera.

Tú sabes bien que esto no es así y que, en el mundo real, hay muchos más límites de los que nos gustaría.

Afianza su comportamiento positivo

Uno de los errores que cometemos los padres es siempre recalcar lo negativo que hace nuestro hijo, mientras que lo positivo lo damos por supuesto y no lo mencionamos.

Nuestro hijo necesita ser recompensado o, al menos, saber que valoramos su esfuerzo y los detalles positivos que tiene. Por ejemplo, si te pide algo con un “por favor” sincero, si se lo niegas, hazlo cariñosamente y dándole argumentos.

Permítele que entienda tu posición, pero no le digas un “no” rotundo. De hacerlo, favorecerás el mal comportamiento del niño.

¿Ves que tu hijo comparte con los demás? ¿Que se está portando bien en clase? Él necesita que se lo digas, que valores lo que hace para que sepa que está haciendo las cosas bien.

No siempre es necesario recompensarlo con regalos: en ocasiones, una mera palabra puede sacarle una gran sonrisa.

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Los niños necesitan a padres cariñosos pero, a la vez, firmes, que sean capaces de ponerles límites.

En el momento en el que cedemos ante los caprichos de los hijos nos convertimos en sus marionetas y provocamos que acaben siendo pequeños tiranos.

Esto no es lo que queremos. Necesitamos educar a niños responsables, maduros, consecuentes.

Si no ponemos límites, si no somos autoritarios, no nos podremos quejar el día en que nuestros hijos lleguen a una edad más adulta, la adolescencia, y ya no podamos controlar sus caprichos ni acciones.

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