Cuando lloras la pérdida de una persona, ¿estás triste por ella o por ti?

Hay veces en las que, lejos de pensar en el sufrimiento que estaba atravesando esa persona, centramos la pérdida en nosotros mismos y en cómo nos sentimos al respecto

La pérdida de una persona es algo bastante habitual en nuestras vidas. De hecho, si hay algo seguro en esta vida es que algún día moriremos.

Mientras que en algunas culturas festejan la muerte y en otras la consideran una liberación de la persona, en la nuestra es toda una desgracia.

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La tristeza, la frustración, la ira… todos estos y muchos más sentimientos nos embargan por dentro. A veces, si no ocurre esto, incluso nos sentimos mal.

Pero… ¿Será que cuando lloramos la pérdida de alguien estamos más tristes por nosotros que por esa persona? Hoy daremos respuesta a esta pregunta.

El rechazo ante la pérdida

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Resulta curioso pensar en cómo rechazamos algo para lo que no hay solución posible.

Hemos hablado en muchas ocasiones de aceptar las adversidades de la vida, a aquellas personas tóxicas que no cambiarán y aquellos errores que constantemente cometemos.

Todo eso intentamos aceptarlo. ¿Por qué no la muerte?

Imaginemos que un ser querido ha fallecido debido a una enfermedad, cáncer, por ejemplo. Esta es muy dolorosa, muy destructiva y, a veces, no hay posible escapatoria.

Sin embargo, aunque sea natural sentir tristeza y melancolía, muchas personas aceptan este final como algo positivo.

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Tras una enfermedad en la que ves a un ser querido sufrir, ¿prefieres que siga vivo y pasando por ese tedio o que todo siga su curso de manera natural?

El rechazo ante la pérdida surge de algo mucho más profundo. Un sentimiento egoísta que nos invade y que provoca que tan solo pensemos en nosotros.

La pérdida y la dependencia

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Hay una especie de vínculo entre la pérdida y la dependencia emocional. En las parejas, esto conduce a relaciones destructivas; en la pérdida, a una relación de autodestrucción.

De repente, nos sentimos incapaces de vivir sin esa persona y eso es lo que realmente nos apena. No nos entristece que se haya ido, sino que nos haya dejado solos.

Este pensamiento es de lo más egoísta, sobre todo porque tus emociones te están controlando. Sabemos mejor que nadie que, una vez pasado esto, seguiremos adelante.

Sin lugar a dudas, la peor actitud de todas es la negación de la pérdida, el rechazo de la muerte. ¿Acaso sirve de algo imponernos ante lo que ya es un hecho?

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Gastamos nuestras energías, nuestro tiempo y todo lo que tenemos en sufrir, no por la otra persona, sino por las circunstancias en las que nosotros nos encontramos.

No obstante, huir de la muerte no es una opción, tampoco algo negativo. Es algo que es mejor aceptar porque, al fin y al cabo, es ella la que ganará.

La vida no te pide permiso

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La vida no te va a pedir permiso para llevarse a quien más quieres. Cuando menos te lo esperes, arrebatará la esencia de la persona más importante para ti.

Las consecuencias de esto pueden ser devastadoras si no has aprendido a aceptar esto como algo natural. Si te refugias en tu dolor, lo alimentas y empiezas a creer que no podrás seguir adelante.

La vida no es responsable de cómo te sientes, de lo mal que te va todo desde que esa persona te dejó. Es solo tuya la responsabilidad de aceptarla tal y como es.

Hablar de la muerte sin tapujos, dejar de considerarla un tabú, evitar tener que fingir tristeza porque, de lo contrario, te sientes mal…

Puede morir un ser querido y tú estar feliz de que haya terminado el gran malestar que lo asolaba. Quizás no clames en llanto ni dramatices tu tristeza porque sabes aceptar la muerte.

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Es importante no dejarse llevar por lo que nos impone la sociedad. Creencias absurdas que, en ocasiones, nos causan disgustos y nos invitan a sufrir gratuitamente.

La no aceptación de la muerte, la posesión en la pareja o el error como sinónimo de fracaso son algunas de las cosas que tenemos implantadas como ciertas. Considerarlas de otra manera nos hace sentir, a veces, malas personas.

Sin embargo, la muerte es algo natural y, por ende, no deberíamos rebelarnos ante lo que un día a todos nos tocará.