El desafío de la maratón: rituales, cogniciones, bioquímica y emociones del corredor

15 noviembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Marcelo Rodríguez Ceberio
Una maratón es un desafío tanto para el cuerpo como para la mente. Un gran número de procesos físicos y psicológicos se ponen en marcha. El doctor en psicología Marcelo Ceberio nos habla sobre ello.

La maratón es la máxima de las competencias del running. Es un verdadero desafío para el cuerpo, la estructura ósea y muscular, el sistema cardio-respiratorio, pero también es un desafío para la mente. Gran parte de la carrera unifica al cerebro y la emoción con el estado de entrenamiento.

Emociones, imágenes cognitivas, acciones y neurotransmisores en una sinergia absoluta se despiertan en la escena del maratonista, donde cada carrera es un desafío personal y una retroalimentación para las próximas competencias.

El ritualismo en la preparación

Después de la maratón se observan todavía restos fósiles, restos que los barrenderos no han alcanzado a limpiar de botellas de agua aplastadas, algún trozo de dorsal, geles de hidratación que resplandecen en el sol, folletos de otras carreras… En síntesis, testimonios muertos (aunque nunca más vivos que en el recuerdo) que evidencian el pasaje de los últimos tramos de carrera. 

Para los que corren distancias largas no es habitual competir muchas veces en el año. No hay muchas maratones que marcan distancias de 42, 30 o 21 km en los calendarios de carreras anuales, aunque tampoco la fisiología humana permite soberanos esfuerzos repetidamente sin un margen considerable de recuperación.

La poca frecuencia de carreras maratonianas hace que no se vuelva rutinaria la participación en la competencia y que este hecho adquiera cierto atractivo adrenalínico.

Por otro lado, en la maratón para el atleta amateur existen tres momentos: la semana previa, el durante de la carrera y la semana post competencia. 

Personas corriendo en una maratón

A pesar de que el entrenamiento en la semana previa se basa en regenerativos o corridas light y decae, suele haber cierto descanso, sobre todo del cuerpo, ya que el cerebro del corredor no para de pensar en el recorrido, los tiempos, los recuerdos del último maratón o el estudio del camino mentalmente. 

Toda esta semana está teñida de cierto ritualismo y cábalas de magia hasta de clarividencia. Además, existe cierta carga adrenalínica constante (y de elevación del nivel de cortisol), cierta tensión muscular que no permite un descanso relajado y que crece cuando se aproxima el día.

Por tal razón, es recomendable aprovechar el sueño dos días antes, es decir, si el maratón es el domingo, dormir bien el viernes, porque el sábado es un día de tensión en el que no suelen aparecer síntomas durante el día, pero que irrumpen en la noche cuando se intenta conciliar el sueño o provocan despertarse antes de que suene la alarma del despertador.

Dos horas antes de la prueba comienza a desenvolverse el ritual del corredor de fondo. Este sabe que el auxilio de la vaselina sólida u otros elementos es milagroso y que hay tres lugares claves, ya que todo lo que parece banal o nimio a lo largo de los 42 puede volverse torturante.

El siguiente paso es colocar los adminículos principales del corredor: sus zapatillas. Por supuesto que no son las nuevas: siempre se recomienda que no se estrene nada el día de la carrera con tal de evitar durezas, incomodidades y roces imprevistos. Bien lavadas, las zapatillas usadas llevan las señales del corredor: la forma y el arco de su pie, el apoyo del talón…

En este momento, la tensión adrenalínica está al servicio de una alerta hipervigilante. Los músculos se hallan en una tensión que bulle firme en su interior. Es la misma que encuentra una vía de descarga en el estómago e intestino y favorece la micción una y dos, hasta tres veces.

Su casa está en silencio. Es muy temprano y no ha querido levantar a nadie con ruidos de preparativos. Los adolescentes todavía no han llegado, el más chico duerme en su cuarto. Todo es un clima de calor de domingo, de amanecer de domingo.

Se sienta pleno en la cocina y desayuna un plato de pastas que calentó en el microondas. Se hidrata bien, como en los días anteriores. Come algunas frutas. Toma un café cargado: una cuota discreta de cafeína pone a tono al corredor.

Está nervioso. Se programa mentalmente con imágenes positivas. Se coloca el reloj controlando que funciona bien, a pesar de que lo usa todos los días, hoy es diferente: debe revisar que no falle. Se llena de preguntas, muchas que ya se hizo. Se cuestiona si entrenó bien, aunque su hiperexigencia lo lleva a pensar que siempre le faltó un poco más. No todas las semanas totalizó, más o menos 80 km de fondo: no sabe si las pasadas de 1000 darán los resultados esperados.

Se carga una mochila al hombro con ropa limpia, una riñonera que no usará porque lastima la cintura y prefiere no arriesgarse y va hacia la puerta del edificio a la espera de que los compañeros del club lo pasen a buscar. Hace fresco y se dice: «¡qué buen día para correr!«, a pesar de que si hiciesen 40 grados de calor o lloviese torrencialmente se repetiría lo mismo o intentaría ver el aspecto positivo. A esta hora, entre las nubes, se filtran los primeros rayos.

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La soledad del corredor de fondo

Si bien los fondistas están acompañados por las muestras de afecto de amigos y familia y de desconocidos a lo largo del trayecto, en el fondo se encuentran concentrados con la única compañía de ellos mismos. Atentos, aunque estén con su grupo de entrenamiento, intentan no perder cada momento de emoción que le depara la carrera.

Los corredores de fondo saben que cuando se da la señal de comienzo y el reloj electrónico inicia el conteo, los primeros pasos se efectúan de manera lenta dada la gran cantidad de participantes del maratón. Pasos que se incrementan en velocidad y se transforman en trote y del trote a correr en la medida que los metros avanzan.

El maratonista concentrado escucha los rumores de su cuerpo y está alerta a sus tensiones, a los dolores musculares, a su emoción y a cada uno de los recuerdos que su mente alterna a lo largo del trayecto: palabras de los cónyuges, la figura de los hijos que se transforma en estimulante, las personas que ya no están… 

Se emociona cuando pasa y alienta a un corredor ciego o en silla de ruedas, estimula a quien ha parado su corrida con visibles signos de cansancio (las manos que se agarran de la cintura), a veces saluda a alguien que lo alienta en el recorrido, otras estará súper concentrado.

Se suma a un grupo que lleva su ritmo y así le tiran unos kilómetros marcándole el ritmo. Intenta caminar unos pasos cuando para en un puesto de hidratación y bebe agua y alguna bebida isotónica. Sabe que debe caminar porque las veces que intentó correr y beber al mismo tiempo terminó empapándose y el agua -más allá de la transpiración- pesa y molesta en el transcurso. 

Lo cierto es que el corredor de fondo se encuentra solo. Solo con su alma, su cuerpo, su estrategia y su emoción. Para los amateur, los primeros diez kilómetros brindan la esperanza de hacer una buena carrera, conllevan la ilusión de bajar los tiempos, siempre y cuando el paso se regule y reste el suficiente aire para los próximos 20.

Una meta importante es llegar a la media maratón, aunque para la compleja mente humana este punto es una bisagra para ver el vaso medio lleno o medio vacío: se dice «¡vamos que ya recorrimos la mitad!» o «¡nos falta la mitad de la carrera!». También es una denuncia de la forma de actuar del maratonista en su vida: o se tiene una predisposición negativa o positiva.

Si no llueve es fantástico, ya que aunque la lluvia refresca, también moja la ropa y principalmente las zapatillas y medias. Así, a lo largo de la carrera, el corredor cambiará mecánica de movimiento. 

También el calor y la humedad son enemigos del corredor de fondo. El pavimento de las calles en conjunción con el sol hacen que la hidratación no alcance y se minen en demasía las sales minerales indispensables para que los músculos funcionen de manera estable, es decir, resistan el esfuerzo.

Lo que sucede es que si el fondista se siente bien muscularmente, su mente alienta positivamente su carrera. En cambio, si sus músculos están minados, ni siquiera se puede pensar con claridad. Se ingresa en un sobreesfuerzo peligroso que impide pensar una estrategia.

Mujer corriendo una maratón

El muro de los 30 km y el espíritu de lucha

El gran fantasma del derrotero del corredor maratonista es el kilómetro 30. Algo sucede en su mente. Algo que todavía no se sabe bien qué es, pero que, en mayor o en menor medida, destaca por la aparición de un conjunto de aberrantes pensamientos que afectan al disfrute de la carrera de forma momentánea. Sin embargo, el organismo es sabio. A esa altura del periplo, las bondades de las endorfinas equilibran los pensamientos catastróficos y hacen ganar terreno al placer.

Para los corredores amateurs, esos últimos 10 km suelen estar marcados por tortuosos pensamientos, dolores musculares, cansancio general y ansiedad por culminar. La mente no para de pensar. No obstante, estos síntomas suelen presentarse en diferentes intensidades -y en algunos casos ni siquiera se dan-, aunque a veces se agravan por el panorama del contexto. 

Este es un período donde puede perderse la concentración y se observa el entorno. Más aún, se está más dependiente del afuera que del adentro: se presta más atención al corredor que nos supera que al que superamos. 

Lo cierto, y en síntesis, es que en esta dimensión de la travesía se aúnan una serie de factores y muchos de ellos muestran contradicciones:

  • Cognitivos: pensamientos negativos espontáneos que se confrontan con pensamientos positivos.
  • Orgánicos: déficit de sales minerales, dolores musculares, calambres por sobreesfuerzo, lastimaduras y llagas o ampollas por roce que se confrontan con la tendencia del cuerpo a estabilizar estas disfunciones.
  • Emocionales y químicos: ansiedad por terminar o broncas por las afecciones corporales en confrontación con la sensación de bienestar que provocan la cuota de endorfinas en sangre. Y a nivel de sistema nervioso central, la dopamina motivadora y el cortisol que persiste.

No obstante, estos factores no están disociados sino que se hallan en total sinergia y se influyen unos a otros. Por ejemplo, un simple pensamiento positivo puede generar dosis de endorfinas y dopamina que generen el ánimo necesario para socavar un dolor muscular.

Por otro lado, en ese kilómetro 30 se reparte algún que otro gel de hidratación, una especie de melaza que nos recuerda al jarabe para la tos de nuestra infancia, pero estos tienen su riesgo. Alrededor de esta instancia de carrera, las reservas de carbohidratos disminuyen y la ingesta de un sobre de gel implica inyectar al organismo una cuota de índice glucémico elevado. Nuestro cuerpo, entonces, detecta una subida de la glucosa sanguínea e inmediatamente segrega insulina para contrarrestar los niveles de glucosa, lo que genera el efecto contrario al deseado.

Además, hace falta motivación en esos momentos. El maratonista se estimula, se dice cosas, se vitorea internamente como si fuese el primero que va a cruzar la meta. A veces, se deja impactar por el apoyo de las personas que presencian la maratón. Es una continua coreografía que va del mundo interno al exterior: voces internas y externas estimulan y motivan al corredor, más en el momento de su decaimiento. 

Más allá de estas explicaciones técnicas, el maratonista posee un gran espíritu de lucha y hace del sacrificio una forma de entrega, un ícono de su trabajo en pos de arribar a la meta. Y todo esto se disfruta.

Ser maratonista es un ejercicio de la voluntad, es la puesta en marcha de la tenacidad en función de lograr el objetivo.

Esa proximidad al objetivo se observa cuando ya no se cuentan los kilómetros recorridos sino que se comienzan a contar los que faltan. En los últimos 5 kilómetros cuando allí por el 37 se pergeña un tiempo de descuento: no solo faltan pocos kilómetros sino falta poco tiempo para la llegada.

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Nada es igual después de los 42.195 metros en la maratón

Internamente no es que los dolores desaparecen, se está más cerca de acabar, entonces el foco del dolor se corre a la posibilidad de terminar. Así los kilómetros pasan. De hecho, cuando es el kilómetro 40 el que aparece frente a los ojos del corredor amateur, ya prácticamente siente que llegó. Esos últimos 2.195 metros se ruedan.

Las imágenes anticipatorias de la llegada hacen que las endorfinas funcionen a pleno y, de paso, socavan los últimos dolores que acucian. Se está más en la llegada que en la carrera. El foco es la última recta.

Corredor en la meta

La final de la maratón

Cuando el cartel indicador de los kilómetros anuncia el 41, ese es el último kilómetro de la victoria. En los últimos kilómetros ya no importa la marca, lo más importante es llegar, el heroísmo está en llegar. 

El corredor piensa que en la llegada estará su familia, su esposa, sus hijos, sus padres, también algún amigo, cuando no, algunos de sus amigos que corren como él, pero no se atrevieron al maratón. Siente un escalofrío cuando divisa que hay más gente alentando: es el indicio del prolegómeno de la llegada. Escucha, los ¡bravo!, ¡vamos, faltan 300 metros!, ¡Bien, bien, fuerza que ya se termina!, los aplausos, los gritos…

Entra en la recta final, ve de lejos el cartel de la llegada. Levanta el paso, yergue su cuerpo. Busca entre la gente, el rostro de su hijo, de su mujer, de su padre: busca hasta que le sorprende el aliento de ellos. Se emociona, a veces, hasta aparecen lágrimas. Ya no importa ni el puesto ni la marca. Se siente que ha alcanzado la victoria porque ha llegado. Le faltan tan solo unos metros y cruza la meta levantando sus brazos y mirando el cielo.

La vida tiene sensaciones maravillosas, pero ese momento, el de la llegada del corredor del maratón, es una de las emociones que merecen ser vividas con la máxima intensidad. Incluso, días más tarde, el maratonista continua recordando y reviviendo cada tramo de la carrera y vibrando en su imaginación toda la experiencia en imágenes y sentimientos hasta que programe su próxima carrera. Ahí va, él con su soledad, hacia el próximo desafío.