El exceso de madurez no te hace más feliz

El exceso de madurez puede manifestarse desde niños por culpa de determinadas situaciones. Debemos aprender a delegar responsabilidades y permitir que nuestro niño interior siga presente en nuestro día a día

Gozar de un exceso de madurez es muy positivo para los ojos de los demás. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce.

Muchas personas son señaladas por su falta de madurez. Son infantiles, no asumen sus responsabilidades pero, a cambio, parecen muy felices.

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Esto no ocurre con sus contrarios. Las preocupaciones, los problemas no acordes con su edad, la seriedad, sentirse mayores. Todo esto les provoca muchos desasosiegos.

Es verdad que todo tiene su parte positiva y negativa. No obstante, el exceso de madurez no es una elección, sino una consecuencia.

Experiencias de la infancia

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¿Te has encontrado alguna vez con un niño pequeño que parecía un adulto? Su forma de hablar, de actuar con respecto a los demás niños…

Parece que está fuera de lugar.

El exceso de madurez se manifiesta ya a edades muy tempranas, pero no es hasta etapas del desarrollo posteriores cuando empieza a presentar problemas.

La razón de todo esto proviene de situaciones caóticas. Extraño será encontrarnos con un pequeño adulto que tenga una infancia feliz.

Normalmente, las circunstancias donde hay padres separados, divorcios agresivos, carencias afectivas, consumo de alcohol o drogas por parte de los progenitores provocan que algunos niños maduren antes.

Me siento fuera de lugar

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No será hasta la adolescencia cuando el exceso de madurez marque las relaciones y la visión que el joven tendrá de lo que ocurre a su alrededor.

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De repente, se dará cuenta de que no encaja. Sus pensamientos se amoldan a los de las personas mayores.

Continuamente nota que es incapaz de adaptarse a los jóvenes de su misma edad.

Estos adolescentes se caracterizarán por una gran responsabilidad hacia sus estudios. En muchas ocasiones, intentarán “fingir” que no lo son tanto. Sin embargo, las notas no mentirán.

Descuido al niño interior

Nos encontramos ya en la etapa adulta, en la que podría parecer que los problemas de inadaptación se terminan.

No es así… Te das cuenta de que a tu alrededor existen niños disfrazados de adultos, muchos más de los que piensas.

Pero esto no es todo. Has dejado de cuidar de ti.

Las personas con un exceso de madurez llegan a preocuparse tanto por los demás que se olvidan de ellas mismas.

Suelen tener problemas para ser asertivas, les trae por el camino de la amargura cómo pueden reaccionar los demás si llegan a contrariarlos.

Por eso se amoldan, aceptan, no son líderes sino seguidores. Esto, a veces, provocará que muchos confundan su generosidad con la sumisión.

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Miedos y control

Sentirse incómodo e inseguro no es una circunstancia perfecta para una persona con exceso de madurez. Ella quiere tener el control sobre sus miedos.

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Sin embargo, hacer esto provoca el efecto contrario.

  • Te impide salir de tu zona de confort: Sabes que será bueno hacerlo, pero algo te retiene.
  • Los cambios no son lo tuyo: Vas a lo seguro porque ahí reside el control.
  • No puedes jugar y divertirte: Te sientes rígido, encorsetado. Ya no sabes cómo es dejar de preocuparse y disfrutar.

El resultado no es más que una gran infelicidad.

Soltar lastres

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Es muy complicado salir de esta situación. Soltar esos lastres que provocan que nos ciñamos a un patrón de conducta que nosotros mismos nos echamos a la espalda.

Hemos tenido que crecer muy rápido, adquirir responsabilidades que no tendrían por qué estar en nuestras manos.

Los disfrutes de nuestra edad no son tales, la sensación de soledad se incrementa.

Cuando te sientas mal, desdichado por todo esto, empieza a ver las cosas de otra manera. Sé que tienes esta gran habilidad.

Te sientes fuera de lugar, así que empieza a configurar tu propio mundo. Acéptate y potencia todo lo bueno que posees.

Deja de pensar que tienes la obligación de hacer algo si no te apetece. No lo lleves a cabo solo porque está bien visto.

Permítele a tu parte más infantil que salga más a menudo. Quizás ya lo hace. Posiblemente no te hayas dado cuenta.

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Una acción, una palabra, la entonación… pueden manifestar que tu “yo” más niño necesita hacerse presente.

La vergüenza aparecerá, pero ¿prefieres eso a sentirte bien?

El exceso de madurez no lo podrás cambiar nunca, pero sí está en tus manos romper ese control, esas creencias y actitudes que te encorsetan y te hacen sentir desdichado.

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