El hombre que plantó un bosque para su mujer en forma de corazón

El robledal de Jane se ubica en Inglaterra, Reino Unido.

¿Alguna vez has pensado que un bosque de robles podría ser capaz de simbolizar un gran amor?

La siguiente historia que vamos a comentarte no es una simple historia de amor. Se trata de un suceso real que va más allá del romanticismo que se evidencia día a día.

Un hombre decidió homenajear la memoria de su mujer mediante un precioso acto: plantar un gran bosque de robles, un robledal. Pero, ¿Quién es ese hombre? ¿Cómo llegó a ello? A continuación te lo contaremos con mayor detalle.

Winston Howes y Jane, una sencilla historia de amor

La historia de amor entre Winston Howes y su esposa Jane, comenzó como la de muchas otras parejas. Sin embargo, con el paso del tiempo, se podría notar su encanto especial.

Un encuentro casual, una atracción y ese cariño cómplice que fue, poco a poco, acercándolos hasta el punto de llevarlos del enamoramiento a la certeza de que habían encontrado para pasar juntos el resto de sus días. 

Su vida fue feliz y plena durante un buen tiempo. Disfrutaron de ese día a día en su pequeña casa de South Gloucestershire, en Inglaterra, donde él se ganaba la vida como agricultor.

Winston era un hombre que amaba sobre todo a su mujer, pero también a la tierra y el hecho de poder hacer crecer las cosas con sus propias manos.

Winston Howes y Jane.

Jane y Winston tenían una vida feliz y esperaban, como ellos mismos habían deseado desde el primer momento en que se conocieron, poder envejecer juntos. Pero no pudo ser.

Cuando la tragedia llegó a la vida del señor Howes

La fatalidad llega en ocasiones del modo más cruel e inesperado. Jane tenía solo 33 años cuando, de pronto, falleció. Una muerte repentina que llenó de incomprensión y desolación la humilde existencia de Winston.

Era demasiado joven. Se la habían quitado de su lado demasiado temprano, obligándole a llevar una vida sin esa compañera preciada que tanta luz aportaba a su vida.

Winston era de esos hombres que son incapaces de quedarse con los brazos cruzados. Debía hacer algo por Jane, algo que simbolizara, para siempre, ese amor que le profesaba y que jamás se apagaría.

¿Qué podría hacer? Él no era arquitecto, no podía hacerle un monumento, tampoco podía esculpirle una escultura o pintar un cuadro con su sonrisa sincera, su sonrisa perfecta.

Winston era tan solo un agricultor que solo sabía trabajar con sus manos, haciendo crecer las cosas en la tierra, cuidando los campos y esos frutos que cada día ponía en su mesa.

Pensó y pensó, hasta que un día, tuvo una idea. Sería un trabajo que duraría muchos años, pero al fin y al cabo era lo que más le sobraba: tiempo.

El hermoso bosque de Jane

Winston cogió 6000 semillas de roble. Las suficientes para que su proyecto diera resultado. Disponía de seis hectáreas y fue allí donde las plantó una a una; pero dejando ante todo una forma en el centro, una forma que quedaría vacía cuando los robles crecieran: un corazón.

Y así fue. Año tras año sus árboles crecieron más y más hasta alcanzar un tamaño considerable. El proceso vino a ser una espera paciente que tuvo su grandioso resultado entre pasados los 15 y los 17 años.

Para poder ver su obra maestra y el tributo hecho a la memoria de su esposa, debía verlo desde lo alto. En un helicóptero. Y así fue, cuando pudo admirar desde el aire el resultado de su esfuerzo quedó tranquilo.

Ese, era el bosque de Jane. La mujer que un día le robó el corazón y que ahora yacía en medio de un precioso bosque de robles.