En tus peores momentos sabrás quién merece estar en los mejores

Esas personas que nos ayudan a no caer en los momentos complicados, las que nos ofrecen su tiempo y su cariño sin pedir nada a cambio, son también las que deben compartir las celebraciones cuando alcancemos nuestras metas

El tiempo es el mejor regalo que podemos hacer a quienes queremos. Envuelto o sin envolver, es nuestro recurso limitado más preciado, por lo que conscientemente no lo intercambiamos por cualquier cosa ni se lo entregamos a cualquiera en forma de momentos.

De alguna manera distinguimos a quien se lo damos y agradecemos a quienes nos conceden parte del suyo, especialmente si lo hacen con gusto y sin pedir nada a cambio. Este agradecimiento es aún mayor cuando las personas que nos importan comparten con nosotros instantes en los que anhelamos su compañía.

Es maravilloso contar en la vida con personas que están ahí cuando necesitamos que precisamente lo estén. Llenan con su presencia, sus palabras, sus abrazos y sus silencios compartidos ese vacío que en ocasiones nos acosa. Nos sujetan cuando resbalamos al borde del precipicio y estamos a punto de experimentar la acción de la gravedad con toda su crudeza.

Nuestras PERSONAS, con mayúsculas y en primer lugar

Abrazo entre amigas

Estas mismas personas que nos sujetan nos mantienen cerca por el simple hecho de que no nos quieren tener lejos, incluso cuando no somos la mejor compañía, ya que portamos un virus muy contagioso: el del desánimo.

La desesperanza es un agente patógeno que, cuando nos cala hasta los huesos, es muy complicado de espantar. Así, quienes permanecen a nuestro lado entendiendo este riesgo son quienes realmente nos aprecian de verdad.

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Además, son las únicas personas que pueden ser conscientes de lo que nos ha costado alcanzar nuestras metas, de lo efímera que es esta especie de metamorfosis y del precio que hemos tenido que pagar hasta alzar los brazos.

Esas personas son las que nos han escuchado cuando nuestros ojos estaban empañados de lágrimas, las que han parado los golpes que nos hemos intentado dar a nosotros mismos por temor a que nos hiciéramos un daño aún más profundo.

Así, los momentos difíciles son la mano de ese dibujante realista que retrata el grado en el que le importamos a las personas que apreciamos. Son esa especie de trillo con el que trabajaban antiguamente los agricultores y que servía para separar a la paja del trigo.

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En los momentos complicados, el apoyo nos empuja

El grado de automatización que existe en nuestras vidas es muy grande. Si contáramos el número de tareas que a lo largo del día realizamos sin pensar, nos quedaríamos realmente asombrados.

Nos levantamos, nos metemos de cabeza en la ducha, nos secamos, vestimos, desayunamos. Así nos podemos pasar todo el día sin darnos cuenta, sin conectar ni un momento a nuestra conciencia con la realidad.

Sin embargo, si por algo se caracterizan los malos momentos, es porque esta automaticidad se desconecta. Lo que para en un estado normal no necesitaríamos fuerza, en medio de la tristeza se convierte en una auténtica pared complicada de escalar.

Ante este continuo ejercicio de esfuerzos, el hecho de que haya a nuestro alrededor personas que estén dispuestas a prestarnos parte de sus fuerzas no solamente nos reconforta, sino que realmente hace estas tareas más fáciles.

La PRESENCIA no requiere de grandes gestos ni de visitas de cortesía, se trata de una compañía, unas palabras de ánimo, un poco de aliento.

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No es fácil apoyar a alguien en un mal momento

La tristeza no hace a las personas agradables o atractivas. Quizás les inspire para escribir o pintar cuadros, pero hace que se vuelvan más introvertidas y distraídas. Su mirada se vuelve hacia el interior y solamente parecen conectar con nosotros cuando compartimos su foco de atención.

Se vuelven exigentes, pensando que el mundo les debe una. Con el mundo nos referimos a la fortuna, pero también a las personas de alrededor. Es muy fácil que, en caso de frustración, la descarguen con quien puedan, a falta de poder pedirle cuentas al destino.

Por otro lado, su falta de atención se traduce en una falta de atención a las necesidades y los problemas de los demás. Puede derrumbarse todo a su alrededor, que para ellas no sucederá nada, ya que para su atención este hecho pasa desapercibido.

Puede incluso que, aunque no pase desapercibido, la amargura que en ese momento sienten les llene de tal forma que les impida ser empáticos con los demás.

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Celebrar los buenos momentos es agradecer

Si entregar el tiempo y compartirlo es hacer un regalo, invitar a una celebración es una forma de agradecimiento. Un símbolo de reconocimiento a las personas que en la sombra siempre han estado ahí y no nos han permitido tirar la toalla en los momentos en los que la tentación podía ser muy grande.

Celebrar, pese a todo lo bueno que simboliza, no está especialmente bien considerado socialmente. Es como si por el hecho de compartir nuestra alegría por un logro nos conformáramos con él o fuéramos de ese tipo de personas egocéntricas a las que les encanta relamerse por sus logros.

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La celebración está asociada a la falta de prudencia y de seriedad. Al descontrol de los instintos y de las emociones. Incluso muchas veces se reprime porque pensamos que aunque hemos conseguido un objetivo importante, todavía hay aspectos en nuestras vidas que no van del todo bien.

Muchas veces ni siquiera alzamos los brazos por miedo a molestar al vecino, pues parece que celebrando le pasamos nuestra alegría por la cara.

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De esta manera, cuando reprimimos la alegría estamos castigándonos a nosotros mismos, aun habiendo conseguido un gran logro con esfuerzo. Estamos diciéndoles a las personas que nos han acompañado que, pese a su esfuerzo, pese a los frutos, no hay sitio para la alegría.

Ni nosotros ni ellos se merecen eso. Las fiestas no son solamente algo de lo que se abusa en la juventud y que después se olvida. Todo lo contrario, las celebraciones son necesarias porque la vida y los amigos, los de verdad, siguen siendo igual de dignos y valiosos que entonces.

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