Si la conciencia se queda tranquila, has dicho y hecho lo que debías

Si la conciencia se queda tranquila, has dicho y hecho lo que debías

Una conciencia tranquila no se logra únicamente respetando a los demás, sino que también debemos saber hacer valer nuestras opiniones y poner límites para salvaguardar nuestro bienestar

Para ser un buen comunicador no basta con hablar claro. La persona que es capaz de hacer uso de la asertividad, con respeto pero con firmeza, disfrutará de una conciencia más tranquila. De un corazón más íntegro y auténtico.

Sin embargo, hay algo que resulta curioso. Según diversos estudios como el publicado en Save Journal, solo el 18% de la población tiene una puntuación elevada en cuanto asertividad.

El resto, más o menos “sobrevivimos” o, sencillamente, optamos por mirar, asentir y callar.

No hay que caer en los extremos. No hace falta ser la clásica persona sin pelos en la lengua, que nada se calla y todo lo habla. Tampoco es saludable habitar en las esferas de la rendición, del conformismo y el silencio.

Necesitamos, por encima de todo, llegar a la almohada por las noches con la conciencia tranquila. Sabiendo que nuestros valores y nuestras acciones están en completa armonía.

Te proponemos reflexionar sobre ello a través de estas dimensiones.

Cómo lograr una conciencia tranquila

Según un interesante artículo publicado en el espacio Psychology Today, el 86% de la población busca, por encima de todo, evitar el conflicto.

Procuramos vivir en ese equilibrio donde ser aceptados. Donde aceptar algunos comportamientos o actitudes molestas para no generar más problemas, para no incrementar la presión psicológica o encontrarnos, de pronto, con el rechazo de los demás.

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Este tipo de comportamientos son habituales, tanto a nivel familiar como el laboral. Soportamos el mal genio de nuestro padre. Las palabras poco acertadas de nuestra prima.  Aguantamos que ese compañero de trabajo hable mal a nuestras espaldas de vez en cuando. 

Poco a poco toleramos tantas cosas que, casi sin saber cómo, se forma una gran montaña. Una montaña amenazante que nos devuelve el reflejo de lo que somos: alguien que calla y otorga.

Veamos a continuación cómo gestionar estas situaciones.

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Todo tiene un límite y está en tu dignidad

No pasa nada si a esa prima molesta la vemos –y la soportamos– solo una vez al año. Tampoco habrá problema si el mal genio de nuestro padre es puntual. Si al poco, se da cuenta de sus actos y los enmienda de forma adecuada.

  • Ahora bien, en caso de que esta y otras conductas sean reiteradas y afecten ya a nuestra dignidad y autoestima, hay que actuar.
  • Todos tenemos un límite. Hay quien tolerará más ciertos actos y quien, sencillamente, “saltará” a la mínima.
  • No dejes que tu límite llegue hasta la línea del dolor, de la destrucción. Si algo te molesta, ahí está tu barrera, el botón rojo que debes pulsar para actuar.

Sé contundente y objetivo en lo que no quieres y te molesta

No se trata de hacer daño. Tampoco hacen falta los gritos ni los malos modos; sin embargo, hay que ser claros y directos.

“No me gusta que hables a mis espaldas. Es una falta de respeto que no voy a tolerar. Lo que haces no es de personas maduras ni respetuosas. Ponle fin y no difundas falsedades”.

“Ni quiero ni puedo hacer todo lo que me pides. Te ayudaré en lo que necesites, pero a veces abusas de mi confianza sin respetarme, sin tenerme en cuenta”.

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  • Estos son dos ejemplos sencillos de cómo deberíamos actuar. Sin agredir, con asertividad y tranquilidad.
  • Asimismo, ten en cuenta otro aspecto. Cómo reaccionen las otras personas ante tus palabras no es responsabilidad tuya.

Si lo toman mal o se ofenden deberán asumirlo, y demostrarán, a su vez, su grado de madurez personal.

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Defendernos implica a veces ir en contra de lo que nos han enseñado

Lo creamos o no, vivimos en una cultura donde se piensa que quien defiende su dignidad es egoísta. Que decir la verdad es ser un reaccionario, un irrespetuoso.

Hay que saber entender el contexto y la situación. Sin embargo, está claro que no siempre nos educan para defendernos, para amarnos a nosotros mismos.

  • En las escuelas no se educa aún en inteligencia emocional.
  • En los hogares, muchos asumimos el rol de nuestros padres. Aprendemos que hablar de nuestras necesidades emocionales es de débiles.
  • Que es mejor llorar a escondidas, que “se disimula lo que nos hace daño para no hacer daño” a otros.

Son esquemas de pensamiento que hay que derrumbar cuanto antes.

  • Para vivir con la conciencia tranquila hay que defender espacios, valores, derechos. Siempre habrá un momento en que debamos reaccionar contra algo o alguien. Son muchas las personas acostumbradas a avasallar, a desplegar sus artes egoístas.

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mujer con calcetines feliz con su conciencia tranquila

Nosotros, por nuestra parte, hemos de aprender a actuar siempre con respeto, pero defendiendo límites. Haz y di lo que sientes en todo momento, sin agredir, pero protegiéndote.

Nadie puede hacerlo mejor que tú mismo.