La distancia más larga entre dos personas es un malentendido

Para evitar el malentendido debemos tomar distancia de la situación, en la medida de lo posible, y percibirla como si nos fuera ajena para hacer una interpretación lo más objetiva posible

Desgraciadamente, es frecuente dejar que un malentendido empañe sentimientos genuinos y sinceros sobre personas que nos han acompañado en algún momento de nuestra vida.

Como consecuencia de esto, el mundo está lleno de individuos que esperan que regresen aquellos a los que dejaron ir, así como de gente que no se atreve a regresar aunque lo desea.

Un malentendido se genera del conflicto respecto a las intenciones, a la forma de comunicarse y a la manera de comprender la realidad.

Así, tal y como hemos escuchado en alguna ocasión:

“Entre lo que pensamos, lo que queremos decir, lo que creemos decir, lo que decimos, lo que queremos oír, lo que oímos, lo que creemos entender y lo que entendemos, existen ocho posibilidades de no entenderse”.

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El enorme abismo que se crea por culpa del orgullo

En la génesis de un malentendido suelen mediar factores como el orgullo, el cansancio y la falta de confianza en los demás y en uno mismo.

Este cóctel de variables hace que, llegado el momento de interpretar un tono de voz inadecuado o unas palabras ambiguas, nuestros sentidos perciban como hostil lo que en realidad no tiene ese tinte.

Es decir, que para evitar esto, hace falta que nos concienciemos sobre la importancia de no dejarnos llevar y de valorar nuestro estado y el de los demás antes de sacar conclusiones.

Habitualmente los conflictos se ven más ligeros con la cabeza fría, pues así evitamos tanto que el orgullo obnubile nuestra razón como que emociones como el enfado o la ira enturbien nuestra reacción ante el hecho que genera malestar.

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La diferencia entre el orgullo y la dignidad

Siguiendo en la misma línea de razonamiento, es importante diferenciar el orgullo y la dignidad. El orgullo es en sí mismo negativo y egoísta, mientras que la dignidad es el fundamento del respeto.

Es decir, el orgullo prima en exceso la consideración de las opiniones, creencias o sentimientos propios. Sin embargo, la dignidad busca un equilibrio que establezca ciertos límites emocionales que protejan el “yo”.

No obstante, cabe destacar que no siempre es fácil distinguir las actitudes de dignidad y de orgullo. Así, mientras que la dignidad pretende manejar un equilibrio e igualdad entre opiniones, sentimientos y comportamientos, el orgullo busca quedar por encima.

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El logro del entendimiento

Como venimos destacando, no es fácil entenderse cuando nuestras motivaciones comunicativas responden a diferentes realidades.

Podemos estar repitiendo una y otra vez lo que pensamos o sentimos y, sin embargo, la persona que tenemos de frente no capta lo que pretendemos transmitir.

Eso no significa que la persona receptora en cuestión sea mala, sino que, simplemente, tiene un lugar distinto al nuestro y, por ende, una perspectiva muy distinta.

Como es natural, cada parte busca reafirmar sus sentimientos, opiniones y creencias y esto, mal gestionado, supone un obstáculo a la hora de favorecer un entendimiento.

Así, dado que no podemos controlar el 100% de las variables que influyen en una buena comunicación, siempre será bueno que contemplemos desde la distancia emocional qué puede estar controlando la situación de intercambio concreta.

Para ensamblar las piezas del rompecabezas del entendimiento debemos basar nuestras actitudes en el respeto y la consideración de uno mismo y de los demás.

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Ser responsables de lo que decimos

La posibilidad y fuerza del enfado y del malentendido son proporcionales al grado de implicación emocional que nos supongan el asunto y la relación en cuestión.

Cuanto más unidos nos sintamos, más importante será la elaboración y la interpretación que se haga de nuestro mensaje y, por supuesto, lo que concluyamos nosotros del mensaje ajeno.

Cada persona tenderá a manejar e interpretar las palabras en relación a los lazos afectivos que le unan, así como a las expectativas, a los intereses propios y a su estado personal.

En este punto es esencial resaltar la importancia de no caer en el malestar que generan las atribuciones y tormentas ajenas.

Es decir, tenemos que poner especial atención en el que no nos conduzcan a un tornado emocional y nos ahoguen en la vorágine del protestador automático.

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Los malos entendidos son muy dolorosos cuando las interpretaciones que se realizan resultan en atribuciones intencionales y emocionales negativas hacia nuestra persona o hacia los demás.

Así, en caso de tener que lidiar con malas intenciones que pretendan menoscabar nuestra integridad, lo mejor es tomar distancia emocional. Es decir, alejarnos, tolerar las diferencias y no dejar que se hagan de menos nuestras necesidades.

La mejor pista que podemos tener de las malas intenciones de los demás la obtenemos al examinar la divergencia entre actos y palabras. No obstante, siempre cabe la posibilidad de equivocarnos al escanear las actuaciones de los demás.

Por eso, es esencial que, en todo momento, seamos cautelosos y tengamos en cuenta que, muchas veces, la única certeza sobre la intencionalidad ajena nos la ofrece el tiempo.

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