La médica española que trabaja en el Everest

Ángela Aragón 13 agosto, 2016
La médica española Mónica Piris que trabaja en el Everest llega a poner en peligro su vida para que los escaladores cumplan su sueño

Desde que Edmund Hillary y Tenzing Norgay alcanzaran la cima del Everest en 1953, todos los años se suceden los intentos por culminar semejante hazaña.

Sin embargo, pocos los consiguen y gran parte de los mismos han sufrido pérdidas de miembros e incluso la muerte.

Por ello, es importante que esta cumbre cuente con campamentos médicos que se dediquen al cuidado de los alpinistas que encuentren dificultades.

No obstante, no todos los médicos están preparados: además de abandonar las comodidades de la sociedad occidental, se ven sometidos a condiciones climatológicas peligrosas, que dificultan la vida en el campamento base.

Las operaciones de rescate también ponen en riesgo su supervivencia. Los médicos del Everest están hechos de otra pasta.

En nuestro país contamos con la inestimable labor de Mónica Piris, la médica española que trabaja en el Everest, que se enfrenta con dedicación y pasión a las inclemencias de tiempo y a los misterios del pico desde que tuviera su primera experiencia en 2007.

Una médica de altura

Hay personas que no se conforman con tener un trabajo al uso: buscan emoción, dinamismo, sorpresa… Este es el caso de la médica española.

Desde que pisó por primera vez la montaña tibetana, ha optado por ejercer su profesión en las condiciones extremas del emblemático enclave.

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Ha dividido sus otoños entre los campamentos base de Manaslu, Makalu y Ama Dablam pero ahora se ha asentado de nuevo en Nepal. La médica española que trabaja en el Everest confirmó que no hay nada igual que este lugar.

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Mónica se enfrenta al deterioro físico que la altura y el frío provocan, fascinada por la capacidad de superación de los alpinistas que deciden enfrentarse al poder de la naturaleza.

Si ellos son incansables, ella siente que debe estar ahí, para ayudarlos a culminar con éxito su proyecto.

El Everest: el anverso y el reverso de la misma moneda

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Sin embargo, la labor de la valiente médica española tiene su reverso. Si bien es cierto que supone una inyección de positividad ver cómo los escaladores superan sus límites físicos, no deja de ser verdad que el pico más alto del mundo cada año se traga cientos de vidas.

Así, como integrante de expediciones guiadas de la empresa Alpenglow, ha sido testigo de cómo los cadáveres permanecen durante mucho tiempo en las alturas, debido a las bajas temperaturas, o acaban devorados por chacales y otros depredadores.

De este modo, es testigo de lo más sublime y de los más absurdo de la humanidad.

Y, mientras tanto, mientras espera para averiguar de qué lado cae la moneda, la monotonía, el aburrimiento del campamento base.

No exentas de fríos, aprovecha estas horas para diseñar la parte logística del viaje, contar la comida, el oxígeno: en pocas situaciones eres tan consciente de que el aire es vital.

Todo ello para plantarle cara a la suerte o a una distracción. La médica española que trabaja en el Everest se ve a sí misma como una especie de soldado, en permanente guardia, incluso cuando escribe en su cuaderno: hacer un buen registro salva vidas.

Por fin, la última etapa antes de llegar a la cumbre

La última arrancada suele ser la más peligrosa y la más apasionante. Exhaustos, los montañeros están a un paso de conseguir aquello por lo que llevan años luchando. Este último asalto puede durar hasta cinco días, en los que todo se vuelve más vertiginoso.

Los alpinistas estiran sus últimas fuerzas y pugnan contra su ansiedad, la médica española que trabaja en el Everest se pega a su radio con concentración para que todo salga bien, para tener la lucidez suficiente y poder ofrecer la solución acertada si se presenta cualquier contingencia.

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Gestionar e incluso disfrutar con situaciones tan estresantes es propio de personas excepcionales, que probablemente conocen los secretos de lo que significa estar vivo, los físicos y los mentales.

Las horas de soledad, la añoranza, el dolor, la necesidad del otro… Experiencias todas con las que Mónica Piris vive.

Quizá por ello aprovecha los veranos para volver a España, a Cantabria, la tierra de su padre. Quizá busque tranquilidad y seguridad, aunque ni siquiera en vacaciones puede desconectar del todo, ya que va acompañada de los mejores himalayistas del mundo.

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