La necesidad de llorar por ser demasiado fuertes

Raquel Lemos Rodríguez · 16 noviembre, 2016
Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Bernardo Peña el 19 diciembre, 2018
Satisfacer en ocasiones la necesidad que tenemos de llorar es fundamental para recuperar las fuerzas que nos permiten encarar los problemas que nos ponen a prueba en la vida.

Mi necesidad de llorar no nace de la debilidad. Tampoco, de la falta de fuerzas para resistir, de las ganas de tirar por la borda todo lo conseguido hasta ahora. Antes bien , este apuro proviene de lo fuerte que he sido y de lo mucho que preciso liberarme. Seguimos considerando débil a la persona que llora. Incluso, nosotros mismos nos recriminamos cuando las lágrimas afloran a causa de circunstancias con las que hemos tenido que lidiar.

De seguro, te habrá tocado soportar una situación difícil tras otra… Ser el pilar de la familia… O bien, estar siempre de pie aunque lo que deseas es dejarte caer. Pero, ¿qué pasa cuando te obligas a ser fuerte mientras todo se tambalea a tu alrededor? Leer este artículo te ayudará a comprenderlo.

Hasta el árbol más resistente cede ante un tsunami

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Ahora lloras, te desahogas. Es normal. Hasta el árbol más fuerte cede ante la braveza de un tsunami. No eres de piedra. Sin embargo, has soportado golpes de muchos frentes. Lo peor que podrías hacer sería aguantar esas lágrimas. Tragártelas todas y fingir que no necesitas sacarlas fuera. Pero, sabes que tarde o temprano acabarás llorando. Por mucho que retrases ese momento, llegará.

Nadie puede ser fuerte todos los días de su vida. Mucho menos cuando todo a su alrededor se ha vuelto en su contra, así que llora. Saca toda esa rabia, esa frustración y ese cansancio que llevas dentro. Te sentirás mucho mejor después de hacerlo. Al fin y al cabo, todos terminamos cediendo ante tamaña presión, como el árbol más robusto, al que aludíamos antes.

Ser resistentes es toda una responsabilidad, que debe encontrar, sin embargo, el cauce para ser liberada. También esto es una cuestión de sobrevivencia. Acepta esto y permítete flaquear de vez en cuando.

La necesidad de llorar, fruto del estrés

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Nuestra necesidad de llorar tras periodos en los que hemos aguantado demasiado es fruto del estrés que hemos acumulado. Lo queramos o no, este estado nos acompaña en muchos momentos y situaciones de nuestra vida. Paradójicamente, siempre aparece cuando menos lo necesitamos. A veces, nos alienta a frenar, a pararnos y dejar de cargar con demasiadas obligaciones.

Quizás nos ayude a comprender este sentimiento saber que el estrés consta de tres fases bien diferenciadas. De esta manera, podremos autogestionarnos mejor a tenor de lo que sucede a nuestro alrededor. Veámolas.

En este sentido, convendría que leyeras además: El peligro de silenciar los sentimientos.

Fase de alarma

Es cuando se activa la respuesta de huida, esa en la que estamos muy dispuestos para enfrentar el peligro. En esta etapa no pensamos; tan solo actuamos.

Periodo de resistencia

Si la situación anterior persistiera, pasaremos al llamado «periodo de resistencia». En esta etapa, nos dispondremos a afrontar lo que llegue, sin tener en cuenta el coste emocional que pueda suponer. Sacamos fuerzas de donde haga falta para mantenernos firmes. Pero, en la medida que esas fuerzas se van agotando, terminamos por decaer.

Agotamiento

En esta tercera fase, ante el enquistamiento de la situación, se nos va agotando la resistencia que oponemos para resistir al problema. Es, entonces, cuando estamos a un paso del llanto. Es decir, de esa liberación que nos permite aligerar la carga que nos ha supuesto el enfrentamiento del problema.

Llegadas a este punto, no está de más que leas 7 consejos prácticos para reducir el estrés.

Ponte límites

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En la mayoría de los casos, la resolución de los problemas a los que nos enfretamos escapan a nuestras manos. Lo que sí está a nuestro alcance es ponernos límites. Pensar más en nosotras mismas y de que no nos obliguemos a ofrecer cuando ya lo hemos intentado todo.

  • Ya sea porque somos madres, figuras de autoridad o porque nos han impuesto determinada responsabilidad, nos echamos a la espalda un sinfín de piedras que nos terminan hundiendo.
  • Somos fuertes, sí. Pero, como hemos visto, la fortaleza no dura mucho tiempo. Al final, el estrés al que nos sometemos puede que termine por debilitarnos por completo.
  • Somos humanos, no máquinas. Tenemos límites. Por eso, es importante identificar estas fases. Así, podremos ponerle freno a todo lo que nos está afectando.
  • Frenar a tiempo será beneficioso. Para ello, es indispensable saber hasta dónde podemos llegar; o sea, cuáles son nuestros límites.

Si te interesa ampliar información, no dejes de leer: He cambiado: ahora ya me atrevo a decir «basta».

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Llorar te ayudará

Sin embargo, hay algo aún más importante que tienes que aprender a hacer: Aceptar que no puedes ser siempre ese muro donde los demás se apoyen, esa viga que lo sostiene todo. Permítete ser débil en ocasiones. También se vale llorar, derrumbarse. Nada hay más humano. Solamente aceptando esto, podrás resurgir y tomar medidas que te protejan. Y, sobre todo, que no te lleven a situaciones que terminen por comprometer tu salud mental.

Solo tú sabes hasta dónde puedes llegar. Evita vaciarte del todo. No te sientas culpable si no eres capaz de soportar todo ese peso. Llorar te ayudará a recuperar esas fuerzas que, en los momentos más críticos o de desesperanza, crees perdidas.

  • Linares, R. (2015). Resiliencia o la adversidad como oportunidad. Madrid: Renacimiento.
  • Luthar, S. S. (2006). “Resilience in development: A synthesis of research across five decades”. En Cicchetti, D., and Cohen, D. J. Developmental psychopathology: Risk, disorder, and adaptation. Hoboken, NJ: John Wiley & Sons, pp. 739-795.
  • Santos, R. (2013). Levantarse y luchar. Barcelona: Mondadori.