Las agujas del tiempo no siempre cosen todas nuestras heridas

Ni el tiempo locura todo ni el cerebro olvida las vivencias más traumáticas. Lo importante es aceptar lo que nos ocurre y evitar que el dolor nos impida avanzar.

Las agujas del tiempo, a veces, son precisas y sanadoras, aplacan dolores y nos ayudan a relativizar las cosas. Ahora bien, cabe decir que ninguna de esas heridas de origen traumático desaparece para siempre, simplemente, se recuerdan sin que duela tanto como antes.

Estamos acostumbrados a oír aquello de que “el tiempo lo cura todo”, que la distancia es terapéutica y que la mayoría de las veces las cosas negativas que hemos experimentado nos sirven de adecuado aprendizaje.

Bien, es importante matizar algunas cosas. Nuestro cerebro no olvida, y no todo hecho doloroso nos sirve como aprendizaje.

En realidad, más que una enseñanza, las pérdidas o los hechos cargados de dolor, nos obligan a aceptar determinadas cosas a la fuerza y sin anestesia.

No queda otra opción más que la de entender aquello de que “nada es para siempre” y que lo que hoy asumimos como cierto, mañana puede ser una dura incertidumbre.

Te proponemos reflexionar sobre estos aspectos.

Las heridas que nos deja la vida

Perder a un ser querido, sufrir una decepción afectiva, terminar una amistad, ser traicionados, fracasar en algo que nos ilusionaba… Todo ello son hechos a los que nos hemos tenido que enfrentar alguna vez.

A menudo leemos o escuchamos cosas como que para “entender qué es la vida, uno debe sufrir en algún momento”. No es obligatoriamente así. El aprendizaje vital se obtiene de muchas formas, de hecho los momentos felices son grandes maestros a la hora de guiarnos, a la hora de invitarnos a avanzar.

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Los hechos traumáticos, las heridas, lo que consiguen muchas veces es “encallarnos”. Evitar que sigamos adelante porque nos sentimos muy heridos. ¿Qué podemos hacer en estos casos? ¿Qué estrategias debemos seguir cuando el sufrimiento nos desborda?

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Aprender a vivir con ese vacío

No hay ninguna fórmula mágica para resolver esas intersecciones vitales en las que terminamos en algún momento de nuestro ciclo vital. No hay pastillas que acaben por completo con el dolor de la vida, ni ninguna máquina del tiempo que nos permita evitar determinados hechos.

  • Las heridas, lo queramos o no, siempre estarán ahí. El tiempo no es un arquitecto tan eficaz como para hacerlas desaparecer, pero eso sí, cicatrizarán y no dolerán tanto como el primer día. Será un dolor con el cual vamos a poder coexistir.
  • Son muchas las personas que han aprendido a vivir con sus vacíos: con la ausencia de sus seres queridos, con la cicatriz de aquel error, de aquella mala elección.
  • Lo esencial en estos casos es evitar que el propio sufrimiento nos haga cautivos. No hay que alimentar la resistencia. No debemos decirnos aquello de “tras esto la vida ya no merece la pena”, “ahora ya no podré volver a ser feliz”. No lo hagas.

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La clave está en trabajar la aceptación. Lo ocurrido hecho está, la realidad es la que es y la única opción es aceptarla para, a su vez, aceptarnos a nosotros mismos en esa nueva situación.

El amor por uno mismo

La vida nos embiste de vez en cuando con su oleaje, con su frialdad y su lógica irracional. ¿Por qué se lleva de nuestro lado lo que más queremos? ¿Por qué me ha tocado a mi esto si soy buena persona, si siempre deseo lo mejor para todos?

En ocasiones, si nos obsesionamos en buscar un sentido a lo que no lo tiene, alimentamos aún más nuestra tragedia. No es lo adecuado.

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Cuando sufrimos un hecho doloroso hay un aspecto que casi siempre olvidamos: el atendernos, el mimarnos y cuidarnos. Ante los golpes de la vida nada mejor que conectar de nuevo con nosotros mismos para asumir los hechos y recordarnos que merecemos ser felices de nuevo.

  • Si has perdido a alguien recuerda que debes seguir sonriendo por ese ser amado, que duerme por siempre en tu corazón y tu memoria.

Si alguien te ha hecho daño, no alimentes ese dolor porque estarás reforzando la presencia de quien te daño. Acepta los hechos, para después, liberarte y desprenderte de esa sombra. Renace de tus heridas.

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Para concluir, hemos de tener claro que las heridas del alma nunca se curan por completo. Permanecerán por siempre ahí, pero remendadas para permitir que tu corazón siga bombeando.

Permítete ser feliz de nuevo, permite que la vida te abrace nuevamente tal y como mereces.

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