Las buenas personas no suelen sospechar de la maldad ajena

Valeria Sabater · 19 mayo, 2020
Sospechar de la maldad es una práctica inusual en aquellas personas con un corazón noble. Pero ¿de qué nos hablan el egoísmo o el interés encubierto?

En ocasiones, pecamos de inocentes. Pasamos por alto las dobles intenciones, los egoísmos encubiertos o las falsedades envueltas en papel de regalo y acciones amables. Es decir, no nos paramos a sospechar que la maldad puede estar presente en el interés ajeno.

De hecho, hay quien suele predicar aquello de «piensa mal y acertarás». Lo que ocurre es que las personas honradas optan por ver lo mejor de todo, aquello que les envuelve, no suelen tener esta visión de los acontecimientos.

La nobleza de corazón mira hacia el lado bueno de las personas. Prefiere entregarse, dar segundas oportunidades y practicar la confianza. Te invitamos a reflexionar sobre ello a continuación.

¿Sospechar de la maldad encubierta?

La inclinación a hacer el bien parece que resulta poco compatible con la tendencia a percibir de manera negativa lo que otros hacen. No obstante, existen situaciones en las que el beneficio común dista mucho de ser una prioridad. Veamos algunas de ellas a continuación.

Los egoísmos disfrazados

El egoísmo disfrazado.

En aquellos casos en los que lo único que se busca es el interés propio, no se construyen lazos ni se crean puentes ni se refuerzan vínculos. Estas personas egoístas se cierran a la apertura emocional que supondría considerar las necesidades ajenas.

Además, con tal actitud solo será posible alcanzar el éxito, pero nunca la excelencia. Así, lo afirman autores como Howard Gardner, Mihaly Csikszentmihalyi y William Damon, prestigiosos psicólogos que desde 1996 han venido desarrollando el programa conocido como The Good Project.

Con esta iniciativa educativa lo que se pretende es aunar ética y buen trabajo, transmitiendo valores con los que las futuras generaciones persigan el bienestar de la sociedad. Solo de esta manera se formarán auténticos profesionales.

Y lo mismo ocurre en el ámbito privado y relacional, donde la excelencia «personal» es también exclusiva de la motivación por propiciar el provecho colectivo y la reciprocidad.

No obstante, para quienes practican la bondad, el disfraz de la codicia y el individualismo a menudo pasa desapercibido. Y es que las buenas intenciones dejan escaso o ningún espacio para andar pensando en las «malas».

Sigue leyendo: Prefiero una soledad digna a una compañía de egoísmos

Los falsos intereses

Aunque en un momento dado puedan esperarse favores de quienes nos rodean, se confía en que estos sean ofrecidos en condiciones de libertad y por voluntad propia. Sin embargo, con ciertos motivos ocultos, hay quienes no dudan en llevar a cabo comportamientos engañosos con tal de alcanzar el fin que se proponen.

De hecho, en estudios como el realizado por el profesor Robert Feldman y otros cíentíficos de la Universidad de Massachusetts se encuentra que la probabilidad de mentir es mayor en aquellas circunstancias en las que se pretende lograr un objetivo.

Entre tales faltas, a la verdad se incluyen desde omisiones, exageraciones y hasta falsedades serias que enmascaran la verdadera finalidad de aquel que las aplica. A pesar de que puedan darse las llamadas «mentiras piadosas», también tienen lugar los «grandes embustes», que llegan a ser bastante dolorosas cuando se descubren.

Y es que, caracterizadas por la franqueza y la naturalidad, las personas de noble corazón no reparan en sospechar de la maldad de ese falso interés. Además, el egoísmo que reviste dicha conducta encubierta es con frecuencia difícil de anticipar o intuir.

Por otra parte, la manipulación es propia de alguien que intenta obtener un beneficio a costa de la confianza de otro. En este proceso, el primero se aprovecha de la empatía del segundo, despertando en este sentimientos que le predispongan a aceptar sus explicaciones.

Hombre manipulado como marioneta.

Lee: Reconocer y evitar la manipulación emocional en la pareja

¿Y qué ocurre al sospechar de la maldad?

El reconocimiento de la malicia ajena o la doble intención es justo el instante en que acontece la decepción. Por suerte o por desgracia, el corazón de una buena persona es más vulnerable a esta experiencia de dolor al haber caído en el engaño.

Pero, a pesar de que uno pueda sentirse ingenuo, tanto el egoísmo como el interés encubierto son oportunidades de aprendizaje que la vida nos plantea. Por ello, será más constructivo, asumirlas como tales, sin caer en la propia recriminación o el pesimismo.

Es decir, a pesar de que otros decidan acometer tales actos, la posibilidad de continuar creciendo y cuidar el equilibrio emocional está ahí para recibirnos y cobijarnos cuando queramos. Sigamos el camino que deseamos, sin que ese tipo de «baches» nos cambien.