¿Es malo un exceso de sinceridad?

El exceso de sinceridad no debe aprovecharse para dañar a los demás. Si nuestra verdad va a perjudicar a la persona que se la digamos, es mejor que callemos

Nadie es perfecto. Todos los seres humanos tienen defectos y cometen errores. Por lo tanto, nadie está autorizado a corregir a otra persona.

Sin embargo, hay quienes se conducen bajo una sensación de superioridad. Viven cuestionando constantemente a sus iguales, jactándose de ser sinceros.

En muchos casos, no siempre es bueno un exceso de sinceridad.

Solo hay que imaginar un mundo donde todas las personas sean sinceras para darse cuenta de lo desastroso que sería.

En la película Mentiroso Compulsivo, al personaje principal se le otorga esa posibilidad por un corto tiempo. Todo cuanto le ocurre al sujeto encarnado por Jim Carrey por decir “la verdad” es terriblemente negativo.

Como se desprende del film, un exceso de sinceridad –también llamada franqueza– sería una fuente constante de conflicto.

No decir toda la verdad sobre las cosas es una convención social que ayuda a mantener la paz y la concordia. Es una de las reglas de juego que mantiene la convivencia social estable.

La enseñanza de los mayores y maestros condiciona a las personas desde la infancia para asumir esa especie de norma tácita.

A continuación, veremos brevemente la incidencia negativa de ser excesivamente sincero y algunos consejos para evitarlo.

¿Por qué no se debe ser sincero siempre?

La confianza y la sinceridad

Un exceso de sinceridad atenta contra la empatía en las relaciones personales. Independientemente de que lo expresado sea verdad, no se justifica en absoluto si ello humilla, hiere o falta el respeto a otras personas.

La psicología usa el término “sincericidio” para referirse al hábito de no controlar lo que se dice por una supuesta sinceridad.

  • Básicamente los “sincericidas” han roto el pacto social de decir solo lo necesario. De esa manera continuamente exponen a las personas al escarnio alegando ser francos, auténticos, etc.

No se debe ni se puede ser sincero siempre, ni con amigos, familiares, etc. Incluso se podría decir que la verdad absoluta no existe, pues todo cuanto se considere cierto está matizado por vivencias, convicciones y subjetividad.

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¿A qué equivale el exceso de sinceridad?

Muchas veces un exceso de sinceridad no es más que el reflejo de prejuicios, arrogancia y falta de respeto. Al final las supuestas verdades esconden una intención de ser grosero y agredir.

Hay que recordar que el respeto a la privacidad de las personas incluye no exponerla ni desvelar sus asuntos.

Un acto de “sinceridad” puede destruir a una persona o una relación para siempre. Si el ejercicio de este tipo de mal llamada sinceridad provoca todos esos perjuicios, deja de ser una virtud.

Puede considerarse que el “sincericidio” es una patología que se debe tomar en cuenta y tratar. Los sujetos que la padecen rompen las reglas de juego de la buena convivencia social.

Preguntas que debemos hacernos antes de pretender ser sinceros

Escucharse a sí mismo

Los que a menudo pretenden actuar con sinceridad siempre, antes de expresarse, deben formularse las siguientes preguntas:

  • ¿Es necesario decirlo? Si la respuesta es NO, hay que evitar decirlo.
  • Al decirlo, ¿se lastima a alguien? Si la respuesta a esta pregunta es SÍ, hay que olvidarse de decirlo.
  • ¿Decirlo contribuye positivamente a algo? Si la respuesta es NO, no existe ningún motivo para expresarlo.

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Consejos para frenar el exceso de sinceridad

Las personas que practican la excesiva sinceridad hacen mucho daño. No se limitan, entre otras razones, porque piensan que lo contrario a hacerlo es la mentira, el engaño e hipocresía.

Sin embargo, la sinceridad patológica produce igual perjuicio que la mentira y la hipocresía.

Es importante en esos casos redefinir lo que es la verdad y lo que puede ser mentira. Hay que volver a dotar a la verdad de valores positivos, y rescatar su vínculo con la honestidad, la justicia e incluso la lealtad.

Localizar el momento

Hablar de las cosas buenas

Como vemos, debe determinarse cuándo es realmente necesario decir la “verdad” y cuándo no; a ello ayuda la práctica de la cautela y la prudencia.

Afirmar que la verdad no existe equivale a admitir que hay muchas verdades. Hay que preguntarse si lo que se va a expresar es la verdad o “la verdad de la persona”.

A veces, la persona que es sincera al cien por cien alega que es espontánea o auténtica. Una sentencia popular afirma: mucho mejor que decir lo que se piensa, es no decir lo que no se piensa. En otras palabras, no fingir.

Según otra máxima muy sabia: en lugar de decir lo que se piensa, se debe pensar lo que se dice.

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