Es mejor callar durante la tormenta y hablar cuando haya calma

Puesto que en los momentos de ira no somos conscientes de lo que decimos, es mejor esperar a que pase la tormenta para poder exponer nuestro punto de vista de manera sosegada.

Las relaciones humanas son como una tormenta, también nosotros chocamos y nos derrumbamos emocionalmente en nuestras discusiones, nuestros desencuentros, nuestras diferencias.

Cuando llega esa tormenta en que todo parece juntarse, el agotamiento, la rabia, el malentendido y un desencadenante casual, muchos perdemos nuestra paciencia hasta el punto de decir cosas que más tarde lamentamos.

No siempre es fácil mantener la cabeza fría y el corazón templado pero aprendamos a mantener la calma.

Cuando llega la tormenta a nuestro corazón

Es común decir aquello de que “nos han roto el corazón”, o que “nuestro corazón estaba lleno de ira”. No obstante, quien de verdad siente el dolor y la afrenta es el cerebro, y es él quien desencadena la auténtica tormenta.

Veámoslo con detalle.

Las discusiones y los cambios fisiológicos

Cuando no hay más remedio y la mala suerte hace que nos veamos en medio de una discusión, lo primero que siente nuestro cerebro es una “amenaza”.

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  • Se está atacando nuestro sistema de creencias, nuestro equilibrio o nuestra verdad.
  • Nos sentimos ofendidos porque alguien a quien respetamos, está poniendo en duda algo que para nosotros es importante.
  • Nos sentimos amenazados ante unas palabras, unas ideas y un rostro que en ocasiones, nos mira con amenaza o incluso con desprecio.
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El cerebro identifica estas situaciones como peligrosas y, por tanto, desencadena una reacción instintiva que regula el sistema parasimpático. Nos prepara para defendernos y también para escapar:

  • Se acelera el ritmo cardíaco.
  • Se envían impulsos nerviosos a los músculos para preparar el movimiento, aunque lo que ocasiona primero es temblor, ese mismo que sentimos en nuestras manos, estómago o piernas.
  • Experimentamos agitación general, sequedad de boca y ese nerviosismo casi atenazante que nos impide pensar con claridad.

Durante la “tormenta” el cerebro no puede pensar

Durante esos instantes el cerebro solo piensa en defenderse y en activar nuestro cuerpo para una posible reacción escapatoria.

Por lo tanto, es incapaz de pensar con calma y de hablar con acierto.

  • Puede que nuestros mecanismos de defensa caigan y ya no exista “ese filtro” que nos impide decir ciertas cosas.
  • A veces, durante esa tormenta emocional liberamos todas y cada una de las sensaciones y pensamientos que tenemos en mente.

Somos completamente sinceros, pero cuidado, porque liberamos lo que sentimos cargado de negatividad, por lo tanto, es común usar palabras llenas de rabia que más tarde lamentamos.

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Así pues, aunque nos quedemos aliviados, con el tiempo nos damos cuenta de que no ha sido lo adecuado decir ciertas cosas.

Callar en la tormenta y hablar en la calma

Guardar silencio durante la tormenta para reservar energías para momentos de más claridad mental siempre será lo más adecuado.

Para ello, podemos hacer uso de las siguientes estrategias.

El muro defensivo

Cuando surja el desencuentro visualiza en tu mente un muro defensivo.

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  • Tras ese muro estás en un palacio de calma, que tiene ventanas y desde donde vas a poder ver y escuchar.
  • Estar en este espacio relajado debe permitirte escuchar cada palabra para poder analizar su punto de vista con sosiego.
  • Mientras la otra persona se “enciende” defendiendo su punto de vista, nosotros podemos posicionarnos en la indiferencia, la calma y en esa actitud donde uno es receptivo, pero no desea dar importancia al grito o a las emociones negativas.

La asertividad

Cuando la discusión termine y pase un tiempo, elegiremos un buen momento para hablar con la persona en cuestión. Hay que dejar claro que no deseamos nuevos desencuentros, ni instantes de tensión.

  • Lo creas o no, hablar con serenidad pero con decisión provoca que la otra persona guarde silencio y nos atienda.
  • Argumentaremos con asertividad nuestra posición.
  • No dudes en hacer uso de los pronombres personales: “yo siento”, “yo quiero”, “yo te entiendo a ti”.
  • Si la otra persona vuelve a insistir en el grito, ni a entender tu punto de vista.

Porque hay discusiones que, efectivamente, no valen los desencuentros ni los malos instantes cuando no hay voluntad de entendimiento.