Todos nacimos con alas pero, a veces, la vida nos las arranca

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
· 25 julio, 2016
Aunque hayamos perdido la inocencia y la ilusión de la infancia, con cada nuevo proyecto que emprendemos nuestras alas pueden volver a crecer y ayudarnos a ser libres de nuevo

Todos llegamos a este mundo con alas. Nuestra mirada de niños y nuestro corazón cargado de ilusiones traza mil sueños que ansiamos alcanzar en nuestra edad adulta. El lograrlo o no va a depender de muchas cosas: de nuestra actitud, motivación, apoyo, suerte y contexto social facilitador.

Sabemos que no es fácil. Nacer con alas y seguir con ellas a lo largo de toda nuestra vida no es algo sencillo porque cada decepción y cada traición nos van quitando plumas hasta que, al final, perdemos ese aliento que antes daba fuerza a nuestros sueños.

Algo que sería conveniente recordar es que quienes nunca deben perder sus alas son los niños. La infancia es esa época maravillosa donde una criatura debe creer que todo es posible si se lo propone. Te invitamos a reflexionar sobre ello.

Nacer con alas para alcanzar nuestros propósitos

El cerebro de un niño tiene un don excepcional que hemos de saber potenciar a lo largo de su infancia y adolescencia. Es el poder del aprendizaje, la neuroplasticidad, un período en el cual debemos estimular al máximo sus capacidades para darle raíces y, a su vez, alas para volar.

A menudo, suele decirse que quienes actúan como auténticos cortadores de alas son las familias y el propio sistema educativo. Por un lado, existen entornos facilitadores que promueven el pleno desarrollo del menor. En cambio, otras familias suponen un obstáculo. Veámoslo con detalle.

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Familias facilitadoras y familias vetadoras

Estamos seguros de que ya has oído hablar de la educación democrática frente a la dictatorial. Son dos estilos diferentes donde los niños interiorizan una serie de valores que pueden afectar a su desarrollo adulto.

En primer lugar, las familias facilitadoras son aquellas que respetan los sueños y necesidades afectivas del niño. Les ofrecen raíces, o sea, seguridad basada en el reconocimiento y el respeto donde se les abren las puertas para que puedan alcanzar aquello que se proponen. Eso sí, siempre con la guía del adulto.

Por su parte, la familia vetadora es la que tiene previsto de antemano un plan vital para sus hijos. Los niños deben encajar a la fuerza en los esquemas del adulto. Por tanto, no se tienen en cuenta los pensamiento del niño, su personalidad ni su necesidad de disfrutar de la infancia.

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Niña observando el crecimiento de una planta en sus manos

Volver a colocarnos las alas una vez perdidas

Las alas no se pierden de una vez. Tras vivir una infancia o adolescencia compleja, siempre existen nuevas oportunidades para quien siga confiando en sí mismo y en el deseo de ser feliz. Las alas vuelven a crecer con cada ilusión creada y con cada paso que demos con seguridad.

Para sanar esas alas heridas y vacías de plumas es necesario que, en primer lugar, nos demos cuenta de si las personas que nos rodean nos dan aliento o nos lo quitan. Una relación afectiva complicada, sea de la naturaleza que sea, vulnera enormemente nuestra autoestima.

Por eso, priorízate y convéncete a ti mismo cada día de que merece la pena esforzarte por aquello que puede hacerte feliz. Si quien está a tu lado te va quitando las plumas de tu crecimiento personal, valora si esa situación merece la pena. Tal vez debas tomar una decisión.

Mujer con alas

Tal vez sería necesario recordar algo importante. En ocasiones, para recuperar las alas tenemos que atrevernos a alzar el vuelo, y esto es algo que deberemos hacer en soledad. Ten presente que alzar el vuelo significa cambiar, ya sea de escenarios, de gente o de actitud.

Una vez llegue el cambio, nos sentiremos mucho más libres, sin cargas tóxicas ni piedras en nuestros zapatos. Ese bienestar interior es tan placentero que, casi sin darte cuenta, habrás recuperado de nuevo tus alas. Esas alas listas para volar y alcanzar tu sueños.

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