No hay que confundir la verdad con la opinión de la mayoría

Valeria Sabater·
15 Abril, 2020
Este artículo ha sido verificado y aprobado por Angela María Rey al
15 Abril, 2020
Cada persona asume los hechos desde su posición y en función de sus creencias y circunstancias. Por ello, para no perdernos, es importante procurar ser objetivos y no dejarnos llevar por la opinión popular.

A menudo, en la sociedad actual resulta complicado separar la verdad del simple rumor. La información se transmite de forma muy rápida, ya sea por las redes sociales o a través del boca en boca, siempre tan veloz como peligroso.

Estamos programados para pensar por nosotros mismos. Pero en ocasiones, el factor emocional o la presión de un contexto social como la familia o el entorno de trabajo hacen que nos dejemos llevar por la opinión de la mayoría antes que por las corazonadas, el instinto o los valores.

Reflexionemos más sobre este tema a continuación para darle paso a la claridad en el pensamiento.

La verdad de uno no tiene que ser igual a la de otro

No existe una verdad universal sobre todas las cosas. Recordemos el ejemplo más común: un grupo de personas presencia un mismo hecho. Al ser entrevistadas, cada quien hace énfasis en lo que considera más destacable, ya sea porque le causó mayor impresión o porque le afectó más directamente. Al final, el mismo hecho recibe diferentes interpretaciones.

Aunque la subjetividad está a la orden del día, hay aspectos de la realidad que solo admiten una cara. Son lo que llamamos ‘hechos’.

Sin embargo, a menudo el peso de la ‘verdad’ (o mejor dicho, interpretación) que alguien le da a un acontecimiento puede generar confusión y dar pie a la propagación de rumores. Así, muchas cuestiones pueden terminar tergiversándose a conveniencia.

Chica leyendo el periódico.

No hay que tener miedo a llevar la contraria

Como veníamos diciendo, nadie tiene la verdad absoluta de todo. Y si bien es cierto que no debemos obviar lo que nos puedan comentar los demás, tampoco debemos dejar de actuar por cada cosa que nos dicen o peor, establecer nuestras acciones en función de las ‘instrucciones’ que nos aportan otros.

Pongamos un ejemplo: decidimos irnos a otro país en busca de una mejor calidad de vida. Al comunicar la noticia a la familia y los amigos, varios señalan que no deberíamos hacerlo, porque en ese lugar es complicado adaptarse, y que la mudanza será una pérdida de dinero e ilusiones.

Como no podemos complacer a todos, es necesario que tengamos en cuenta sus palabras, pero que no nos dejemos paralizar por ellas. Tendremos cuidado, sí, pero no dejaremos de dar el paso para ahorrarles la incomodidad a ellos.

A la hora de tomar una decisión, a menudo asumimos una información como una certeza total, por el valor emocional que le damos a quien nos la aporta. Por ello, es posible que a veces nos dejemos llevar por la opinión de alguien (amigo, pareja, familiar, etc.), en vez de intentar buscar nuestra propia verdad.

Tengamos en cuenta que, a veces, las personas que nos rodean tienen ciertos intereses (en el ejemplo anterior, podría ocurrir simplemente que los familiares no deseen que nos vayamos lejos).

De ahí que sea adecuado dejar a un lado ese valor emocional que le damos a la información que otros nos aporta, para así actuar de acuerdo con las necesidades e intereses personales, sin miedo a dejar de complacer a otros.

Buscar nuestra propia verdad no quiere decir que dejemos de dar valor a la información que otros nos puedan aportar, sino a saber escucharlas, respetarlas y no tomarlas como verdades absolutas.

Las corazonadas, en ocasiones, encierran una gran verdad

Lejos de verlas desde una dimensión sobrenatural, las corazonadas pueden encerrar procesos mentales muy interesantes.

Imaginemos que en el trabajo escuchamos un rumor. Vemos a los empleados comentar al respecto e inquietarse de diversas formas. Pero nosotros tenemos la corazonada de que esa información es falsa y que quizás, lo mejor sería dejarla pasar sin más.

Hombre reflexivo

¿Hay que confiar en las corazonadas?

  • Las corazonadas pueden escucharse y tenerse en cuenta para después tomar una decisión lógica y razonable, basándonos a ellas.
  • Las corazonadas podrían ser razonamientos que el cerebro nos ofrece de forma automática en función de las experiencias previas.

Cada acto vivido, cada conversación experimentada, cada cosa leída, vista o sentida podría almacenarse en el cerebro para que, en un momento dado, nos pueda proporcionar una información rápida basada en las experiencias, activando a su vez el sentido común.

La importancia de la objetividad

Cada vez que nos llegue un rumor, o escuchemos la opinión de alguien cercano, podemos seguir los siguientes pasos:

  • Escuchar con respeto e interés.
  • Evitar dejarnos llevar por las emociones o por la presión social de “mi verdad es la única”, “mi opinión es la que cuenta”.
  • Atender a los instintos, a esas corazonadas que en poco más de un segundo nos hacen dudar o estar de acuerdo con la información que nos transmiten.

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La flexibilidad es necesaria en la búsqueda de la verdad

Para encontrar nuestra propia verdad, debemos ser flexibles y, ante cada información que nos llegue, escuchar, leer y comunicarnos con respecto, sin menospreciar lo que nos dicen, pero tampoco tomando cada palabra como una regla de vida.

Por otra parte, debemos ser capaces de analizar la información que recibimos con cierta objetividad, para mantener siempre el sentido común. Para ello, será indispensable mantener los ojos abiertos y, más que desconfiar, acostumbrarnos a prestar atención, contrastar y reflexionar acerca de las cosas.