No sabía lo que tenía, hasta que lo perdí

Raquel Lemos Rodríguez·
24 Julio, 2020
Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Bernardo Peña al
11 Mayo, 2019
Lejos de valorar las experiencias que vivimos o a las personas que nos quieren, a veces caemos en la comodidad de darlo todo por hecho. Reflexionemos sobre ello.

Estaba ciego ante la realidad. No sabía lo que tenía, pero todo esto cambió cuando te perdí. Fue entonces cuando una bofetada de realidad me hizo ver lo que había dejado escapar, aquello que no supe valorar y se fue…

¿Te identificas con esta situación? ¿Darte cuenta de que había alguien especial al lado a quien prestaste poca atención o no cuidaste lo suficiente?

Si es así, acaso te interese pensar sobre estas cuestiones. A continuación planteamos algunos aspectos que merece la pena considerar. ¡Sigue leyendo!

No sabía lo que tenía y por eso lo perdí

En realidad, cuando no valoramos a alguien, sabemos que antes o después se va a ir. El problema es que, cuando esa persona se marcha, a menudo nos percatamos de lo que hemos perdido, del vacío que sentimos entonces.

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Pero ya es demasiado tarde y quizás no volvamos a recuperar ese relación que, en su momento, desatendimos o, incluso, llegamos a dañar.

¿Por qué ocurre esto? ¿En qué estamos pensando para ‘creer’ que ese amigo o compañero estará con nosotros siempre?

Por ejemplo, cuando estamos en pareja, tratamos de tener disponibilidad para el otro, de mostrarle el propio interés por compartir vivencias juntos. Con esto, el vínculo se hace más fuerte y crece la confianza mutua.

No obstante, las dificultades aparecen cuando la falta de implicación se hace patente, cuando empezamos a pensar que ya lo tenemos todo hecho

Pero las circunstancias pueden cambiar en cualquier instante. ¿Y si barajamos la posibilidad de que esa persona se canse y decida alejarse de forma definitiva?

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Quizás no haya vuelta atrás

Cuando alguien a quien no hemos valorado se va, es probable que intentemos dar marcha atrás. Pero ¡ya es tarde! Eso que no habíamos previsto, aquellos detalles que descuidamos nos sumergen entonces en emociones como la tristeza o la frustración.

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Sin embargo, también puede suceder que esa persona nos dé una segunda oportunidad. Si es así, esa es justo la ocasión para reconocer que nos hemos equivocado, para aceptar los errores que cometimos y expresar el malestar que sentimos por ellos.

Si tenemos la suerte de que alguien vuelve, ¿qué mejor que emprender desde cero el camino? Eso sí, con los pies en la tierra y siendo conscientes de aquellos fallos en los que caímos.

Los recordaremos para saber como orientarnos en adelante, aunque sin castigarnos todo el tiempo ni ahogarnos en la culpa continua. Somos afortunados por contar con esa compañía y vamos a intentar conservarla.

La incertidumbre seguirá presente de modo constante. Pero si tratamos de superar esos antiguos baches y le manifestamos al otro el cariño que le tenemos, estaremos en mejor disposición de darle un rumbo distinto a la historia de esa relación.

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Cuando el aprecio no es suficiente

A veces los vínculos se rompen por otros motivos. El lamento de ‘hasta que lo perdí’ no se ajusta a un panorama que ha cambiado por razones externas.

Más allá del aprecio que le hayamos transmitido al otro, existen diversas condiciones que llegan a provocar una separación.

Así, puede ocurrir que los estilos de vida de ambos hayan variado de manera notable o que alguno de los dos quiera iniciar proyectos diferentes en solitario.

Las combinaciones de variables son múltiples y no siempre responden a una ausencia de estima o de atención hacia el otro.

En cualquier caso, todo adiós será doloroso. Solo nos quedará aceptar con paciencia los propios sentimientos, darles su espacio y seguir adelante. Poco a poco haremos hueco a otras personas, así como a nuevas experiencias que nos despertarán otras ilusiones.

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¿Qué ocurrió hasta que lo perdí?

¿Has perdido a alguien? ¿Te has dado cuenta de lo que tenías una vez que esa persona decidió alejarse?

Si es así, tal vez repasar aquello que hicimos o dejamos de hacer nos sirva de ayuda para detectar los propios errores.

Equivocarse es humano, pero también lo es aprender, pedir perdón y tratar de recuperar a quienes amamos.

Si miramos alrededor y empezamos a valorar a los que están ahí, no será necesario esperar a un ‘mañana’ para que, de repente, estos se vayan.