No trates como prioridad a quienes te tratan como una opción

Nuestras propias carencias afectivas son las que hacen que tratemos como prioridad a aquellas personas que nos menosprecian. Debemos ser conscientes de nuestro valor y aprender a exigir el respeto que merecemos.

Nadie debería tener como prioridad a quien no lo valora lo suficiente. Uno mismo debe darse la importancia que se merece y ofrecer su afecto a quienes realmente lo quieren en cada momento, sin intereses ni egoísmos.

Habitualmente, el egoísmo de una persona no se transforma en agradecimiento, a pesar de que mantenemos nuestras esperanzas y expectativas en ello. Hay que tenerlo en cuenta, porque debemos evitar hipotecar nuestro bienestar y subyugarlo a lo que los demás desean.

Cuando una relación es sana y significativa, es fácil que la balanza se equilibre. Sin embargo, con frecuencia nos tapamos los ojos y nos dejamos llevar, vivimos en la inopia y no escuchamos nuestras necesidades afectivas.

Presos del egoísmo, nos convertimos en el segundo plato

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Es frecuente que, en algún momento, seamos objeto del egoísmo ajeno y nos acabemos convirtiendo en un segundo plato. Dicho de otra forma, nos volvemos una opción dependiente de los intereses de los demás.

A menudo, tardamos en darnos cuenta de esto, pues nos dejamos llevar por la inercia de la relación. Sin embargo, poco a poco, vamos arruinando nuestro presente alimentando esperanzas sobre un cambio que es probable que no llegue.

Es decir, quien no profesa un cariño sincero en un tiempo determinado, es muy difícil que lo profese más tarde “por arte de magia”. En este sentido, como ya hemos destacado, nos abraza el recuerdo de un pasado que ya no tiene futuro.

Así, el interés y el cariño intermitentes nos indican que hay algo que no está funcionando bien. No obstante, como es natural, nos cuesta asumir que, con el tiempo, las personas mostramos nuestra cara menos amable y más interesada.

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El dolor psicológico derivado de la angustia relacional

El tiempo es el gran maestro que se encarga de abrirnos los ojos, de ayudarnos a tomar perspectiva y valorar los errores con los que convivimos. No es fácil, desde luego. De hecho, el dolor que esto produce resulta a veces insoportable.

Este es el dolor emocional, un dolor que angustia a nuestro cerebro. La decepción, la traición, la mentira, el desamor o la pérdida provocan un gran sufrimiento que nos desgarra por dentro.

Este tipo de padecimiento lleva siglos plasmándose en poemas y canciones que nos hacen sumergirnos en un mundo en el que todos conectamos. Hoy en día, estas intuiciones poéticas han obtenido apoyo en los estudios neurofisiológicos, los cuales confirman que el dolor psicológico se refleja a nivel cerebral.

Curiosamente, cuando nuestro “corazón” se rompe y nuestras emociones incendian el cuerpo, se activan a nivel cerebral las mismas zonas que cuando sufrimos dolor físico. De ahí que podamos decir con determinación que el amor duele.

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No subestimes las heridas del corazón

Las áreas cerebrales del dolor físico comparten sendero con el dolor emocional, pues un daño en cualquiera de estas dos modalidades activa el córtex cingulado anterior y la corteza prefrontal.

Esta es una razón más para dejar de menospreciar nuestras heridas emocionales y evitar pensar que se curan al aire. Estamos tristemente acostumbrados a empeñarnos en enterrar nuestros problemas relacionales, lo que genera que el dolor se enquiste y se complique la resolución de los conflictos.

Entonces, escondernos no nos ayuda en nada. Por el contrario, refrena un alivio que hace más llevadero el dolor social que, como está evidenciado, atormenta a nuestro cerebro y, por ende, a nuestra mente.

“Cuando mantienes tu resentimiento, estás amarrado a esa persona o a esa situación por un vínculo emocional que es más fuerte que el acero. Perdonar es la única forma de disolver ese vínculo y lograr la libertad”
—Catherine Ponder—

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La dignidad no se pierde por nadie

Cuando alguien nos trata como una opción, es bueno empezar a pensar en decir adiós. Es radicalmente distinto ser orgullosos que ser dignos. Si perdemos la dignidad, nos perdemos a nosotros mismos, dañamos nuestra identidad y nuestro amor propio.

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Las relaciones basadas en el respeto y en el equilibrio de necesidades son las más auténticas, libres, sólidas y enriquecedoras. A veces, perdemos nuestra dignidad porque consideramos que nos compensa o porque nos bloqueamos y no sabemos responder ante situaciones complicadas de manipulación o sometimiento.

Es decir, nos acostumbramos a tratar con prioridad a quienes nos tratan como opción porque nos encontramos “alienados” por una relación asimétrica.

En definitiva, el amor, la atención y el cariño no se mendigan. Por eso, tenemos que tener claro que merece formar parte de nuestra vida quien demuestra que nos hace bien, que no se aprovecha de nuestras vulnerabilidades y que nos quiere de manera limpia y sincera.

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