Las palabras que no van seguidas de hechos no valen nada

Valeria Sabater·
21 Mayo, 2020
Las palabras deben ir acompañadas de acciones que demuestren que de verdad sentimos aquello que pronunciamos. Si solo lo hacemos por quedar bien, mejor será que permanezcamos en silencio.
 

Si no van seguidas de hechos, las palabras no cuentan, no valen nada. Todos tenemos en nuestro círculo más cercano a alguna persona que suele actuar de esta manera. ¿Qué actitud tomar frente a ellos?

A menudo, el ser humano se caracteriza por este tipo de comportamientos. Hacen promesas, construyen proyectos y su discurso se adorna de grandes esperanzas y hermosas palabras. Sin embargo, cuando llega la hora de la verdad y surge el instante en el que necesitamos de esa persona, no está.

Todo lo dicho y reafirmado hasta la saciedad se queda en humo. Un humo frágil que desaparece por una ventana abierta. Tras esto, surge, sin duda, la decepción, el vacío y la falta de confianza.

Puesto que nosotros mismos exigimos coherencia, respeto y responsabilidad hacia nuestra persona, también hemos de demostrar estas mismas dimensiones a los demás. Si hacemos una promesa, debemos cumplirla. Reflexionemos.

Las palabras que no van seguidas de hechos y la responsabilidad

 

Factores como una buena crianza, una autoestima apropiada y el respeto hacia los semejantes hacen que apliquemos, casi sin darnos cuenta, la responsabilidad personal.

Ahora bien, ya desde niños todos empezamos a vislumbrar el poder que tienen las palabras. Hay frases que hieren y hay discursos que nos ayudan a crecer en madurez y confianza.

Sin embargo, un aspecto de vital importancia en la educación de nuestros hijos es el demostrarles con hechos lo que dicen nuestras palabras. Si le hacemos una promesa al niño, debemos cumplirla. De no hacerlo, lo que se consigue no es solo crear un vacío, sino además, provocar que el infante deje de confiar en nosotros.

Las palabras no solo sirven para comunicar mensajes; nos ayudan a ser congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos. Es necesario, pues, mantener un adecuado equilibrio.

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El amor real se demuestra cada día

Al amor no le valen solo las palabras. Las relaciones personales no se alimentan únicamente de promesas o frases llenas de afecto.

Una relación es, principalmente, llevar a cabo una serie de actos cotidianos que enhebran un todo. Se trata de un universo de fortalezas en el que todas las palabras se traducen en actos, donde los dos miembros son valientes y se arriesgan el uno por el otro.

Si amamos, debemos actuar. En caso de que formemos parte de la vida de alguien a quien queramos de algún modo, ya sea por un vínculo de amistad o de familia, debemos demostrarlo a través de la confianza y el apoyo incondicional.

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Cómo actuar ante los rompedores de promesas

Todos lo sabemos: hay auténticos rompedores de promesas profesionales. Son personas habituadas al arte de las palabras huecas, falsas y llenas de frívola fantasía.

Puede que las hayamos conocido en la familia o que, a día de hoy, nuestra propia pareja tenga este mismo perfil. Nos hacen creer cosas que luego no demuestran. Tanto es así que, durante un tiempo, incluso nos creemos sus justificaciones, hasta que, poco a poco, nos damos cuenta de que solo se priorizan a sí mismos.

 

Nos abocan a una larga espera, a una falsa esperanza. Aguantamos un poco más porque existe el cariño o el amor. Sin embargo, al final, lo que más pesa es el vacío y la soledad.

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¿De qué manera debemos actuar en estas situaciones?

Una persona puede fallar una, dos o tres veces. Sin embargo, cuando las decepciones se convierten en rutina, es necesario reaccionar.

Debemos exigir congruencia. Si alguien nos dice cada día cuanto nos respeta, aprecia y quiere, pero cuando lo necesitamos nunca está a nuestro lado, desconfía. Quién nos ame estará junto a nosotros “a las duras y a las maduras”.

Por otra parte, hay que intentar, ante todo, practicar nosotros mismos aquello que exigimos. Es importante demostrar afecto a quienes amamos, de forma cotidiana y sin esperar momentos especiales.

 

Si hay a nuestro alrededor “rompedores” profesionales de promesas y artesanos de las falsas palabras, es necesario poner distancia. El precio que se paga por este tipo de vínculos afectivos dañinos es muy alto y destructivo.

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Nuestra salud mental es lo primero

No obstante, como todos bien sabemos, este tipo de dinámicas y de perfiles siempre van a habitar nuestros contextos cotidianos. Tanto es así que, al final y de algún modo, desarrollamos una especie de “radar intuitivo” con el que captar al instante al fabulador, al vendedor de humo y al embaucador de las falsas palabras.

Sea como sea, defendámonos siempre de ellos. Debemos priorizar nuestra salud mental y nuestra felicidad, aunque nos hayan prometido la mismísima luna. Solo así será posible conocer y mantener a aquellas personas que nos amen y aporten cosas buenas de verdad.

 
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