Pensar que no eres mejor que nadie ya te hace mejor que muchos

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
· 27 diciembre, 2018
Debemos tener claro que la vida no es una competición con los demás. Como mucho, debe serlo en relación a tu propia persona, para conseguir la mejor versión de ti mismo

Un propósito que suelen buscar la mayoría de libros y técnicas de autoayuda es enseñarnos a ser mejor persona. Para ello, nos guían en la práctica del autoconocimiento, la atención interior y el refuerzo de la autoestima.

No obstante, hay un aspecto que es necesario tener en cuenta: ser mejor persona no debe hacernos creer que debemos ser mejor que nadie.

La referencia seremos siempre nosotros mismos.

Estamos seguros de que también tú conoces a alguien que, por su actitud, comportamiento y modo de relacionarse, demuestra precisamente esa incómoda sensación de que siempre pretende ser mejor que tú.

Te invitamos a reflexionar sobre ello.

Cuando no necesitar ser mejor que nadie nos hace mejor que muchos

Actualmente se está dando una curiosa tendencia que los expertos etiquetan como «materialismo espiritual». Se trataría de ese interés actual por alcanzar un autoconocimiento tan elevado de nosotros mismos.

Ese punto en el que muchos acaban alejándose de los demás.

En esa búsqueda por atendernos, por cuidar de nuestra autoestima y de ser cada día más fuertes y mejores, hay quien tergiversa un poco los conceptos y lo enfoca de modo erróneo: aspira a ser mejor que todos aquellos que le rodean.

Es pues necesario enfocar de forma adecuada esta idea.

Podemos desarrollar nuevas estrategias para fortalecer nuestra autoestima, para enriquecer nuestras relaciones y alcanzar mayores logros, pero nunca a costa de querer ser mejor que nadie.

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La personalidad humilladora

Quien practica la soberbia, necesita competir y aparentar superioridad, en su interior suele esconder en realidad una baja autoestima.

El placer de aparentar «superioridad», de mostrar unas aptitudes mejores e incluso de humillar al resto con esa actitud prepotente, les sirve muchas veces para complacer su bajo autoconcepto y reforzarlo.

  • En nuestro círculo social siempre tenemos a la clásica persona que suele utilizar la ironía o la burla para ridiculizar al resto, y así, evidenciar sus mejores aptitudes, su capacidad de ser mejor que nadie.
  • En otras ocasiones, también podemos encontrar esas personalidades a las que les gusta ir de víctimas.
    Son las que más sufren, las que mejor entienden qué es el rechazo, qué es el sentirse apartados o poco valorados.

En el fondo, son reversos de una misma cara donde ahonda una misma dimensión: un bajo autoconcepto con el cual enfrentarse a los demás para sentirse reforzados, ya sea mediante la humillación o el descrédito.

El escritor Joshua Becker, colaborador de Forbes y Wall Street Journal, alerta sobre el error de pretender compararse

  • La comparaciones son injustas porque son desde tu propia perspectiva.
  • Los talentos de cada quien son individuales e incomparables.
  • Te hace perder el foco en ti mismo.
  • No te agrega valor y te roba la alegria de ser túvalorarte por ti mismo.
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La humildad de no desear ser mejor que nadie

Nadie necesita ese afán de competición para alzarse como el mejor, si con ello lo que ocasiona es sufrimiento o humillación al resto.

  • El mayor placer reside en superarse a uno mismo, en ser mejor persona cada día tomando como referencia nuestras propias necesidades, y nunca las debilidades de los demás.
  • Si ayer nos sentíamos inseguros, si no confiábamos en nuestras capacidades para aspirar a ese trabajo, para relacionarnos con esa persona que nos atrae, y hoy ya lo hemos logrado, hemos conseguido, por tanto, «ser mejores».
  • Es ahí donde reside nuestra grandeza: lograr crecer y mejorar cada día tomándonos a nosotros mismos como reflejo y no a los demás.
  • Quien vive obsesionado con aparentar, con competir y desafiar, se olvida de sí mismo.
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  • Quien busca ser mejor que nadie no es humilde.
    La humildad es esa aspiración que deberíamos saber aplicar cada día en cada una de nuestras obras.
  • La humildad, lejos de ser debilidad o claudicación ante los demás, es la mejor de las fortalezas. Ello se debe a que nos permite en primer lugar tener un buen autoconocimiento de nosotros mismos para, después, aceptarnos.

Mejorar cada día como personas

Una vez nos aceptamos, nuestro mayor propósito no será otro más que seguir creciendo como persona y ser mejores cada día para aspirar a esa felicidad de las pequeñas cosas que tanto nos enriquece.

Además, el ser mejor revierte en quien nos rodea.

Si a algo hemos de acostumbrarnos es a esas personas cuyo corazón está habitado por la vanidad y el orgullo.

Lejos de enfadarnos, de aumentar nuestra rabia o desprecio, hemos de pensar que no merece la pena cultivar emociones negativas.

Lo ideal es aceptarlas tal y como son, marcar límites y alejarnos.

El triunfo más noble está en aceptarnos tal y como somos y, a su vez, respetar a los demás aunque no compartamos sus creencias, sus comportamientos.

Las recompensas siempre llegan al final, con el adecuado bienestar interior o, por el contrario, con la sensación de que nuestro afán competitivo nos ha llevado a una indeseada soledad.