Quien te enfada, te domina

El problema que surge cuando algo nos enfada es que esa sensación se retroalimenta en nuestro interior y, si no somos capaces de tomar distancia, puede llevarnos a la ira

Normalmente tomamos la precaución de no mostrar nuestros enfados en público, de no expresarlos abiertamente por miedo a la reacción del entorno.

Esto nos pasa porque reconocer que algo nos enfada nos hace sentir vulnerables y, en cierto modo, malas personas.

Enfadarse está mal visto, porque se entiende de manera incorrecta y, por ende, se trata injustamente a esta emoción.

Sin embargo, el enfado es una herramienta natural de nuestra evolución para informarnos de que hay algo que nos incomoda y que es necesario examinarlo y buscar un equilibrio.

La razón principal por la que se castiga la actitud del enfado es que se confunde con la ira o con la expresión desmedida de la molestia. Por ello debemos comprender que no es igual “explotar y ponernos a gritar” que fruncir el ceño.

En este sentido, podemos afirmar que la ira responde a una mala gestión de “eso que nos enfada”.

Puede que esto obedezca a una falta de expresión del enfado en sus inicios, o a una excesiva atención sobre el foco del malestar que nos impide resolver la encrucijada emocional en la que nos encontramos.

 

La conciencia sobre la emoción, el primer paso para la liberación

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En la práctica, ser conscientes de nuestros sentimientos e intentar manejarlos y transformarlos son cuestiones que van de la mano. Por eso, tal y como se ha evidenciado, tomar conciencia de nuestras emociones y sentimientos constituye un intento de expresión y liberación.

Así, por ejemplo, el hecho de que un niño reclame a otro por robarle su juguete implica cierta conciencia de los sentimientos negativos que le genera esa injusticia.

Es decir que, en este sentido, el enfado se constituye como nuestra mejor herramienta para solicitar igualdad.

Ocurre que, si ese niño sigue fijándose en el desencadenante de sus malestar, retroalimentará un estado de ánimo negativo en bucle. Es decir, el enfado se va engrosando, como si de una bola de nieve rodando se tratara.

Lee también: Consejos para equilibrar el estado de ánimo

Por eso es importante la comprensión tras la conciencia, pues poner en marcha sentimientos y emociones nos da la opción de seguir avanzando.

Dicho de otro modo, focalizar nuestra atención en aquello que nos enfada tiene una consecuencia directa: nuestra dominación.

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El cerebro emocional durante del enfado

Está claro que existen muchos tipos de enfado y que hablar de todo ello resulta imposible en términos operativos.

No obstante, todas las situaciones que nos enfadan tienen algo en común: la reacción de nuestro cerebro emocional ante una amenaza física o psicológica.

En este punto debemos saber que nuestros sentidos envían el primer chispazo a la amígdala cerebral, la cual activa nuestro circuito emocional y pone en marcha al neocórtex, encargado a su vez de calcular una reacción más o menos ajustada hacia la injusticia.

Concretamente, la descarga de la energía límbica (amígdala y zonas adyacentes) supone la liberación de catecolaminas para llevar a cabo una acción decidida y rápida.

A su vez, y durante más tiempo, la rama adrenocortical de nuestro sistema nervioso nos mantiene activados y predispuestos a una acción más prolongada en el tiempo.

Esto es, como se diría en términos coloquiales, el mal cuerpo que se te queda tras el enfado.

Esta misma hipersensibilidad fisiológica es la que nos domina cuando nuestra mente se alimenta de un menú espiral de pensamientos negativos. Digamos que nuestro cuerpo nos predispone para construir enfado sobre enfado.

Visita este artículo: Los efectos de las emociones y pensamientos negativos en nuestro cuerpo

Esto se traduce en una “incapacidad cognitiva” para razonar de manera adecuada, infravalorando aquellos pensamientos que podrían atenuar nuestro estado de ánimo negativo.

mujer triste con serpientes en la cabeza

El enfriamiento: la clave del desenfado

Por eso, para aplacar nuestra excitación psicológica lo primero que debemos hacer es tomar distancia de la situación y lograr que la descarga adrenalínica deje de controlarnos.

Con esto pretendemos conseguir que el entorno deje de ser irritante para nosotros y así darnos permiso para sentirnos bien por medio de la distracción.

Como es sabido, el enfado es una emoción altamente seductora que se alimenta a través de nuestro monólogo interno, pues nosotros mismos nos proporcionamos argumentos convincentes que nos ayuden a descargar nuestro descontento con algo o alguien.

Esta cadena de pensamientos hostiles que engrandecen el enfado constituyen la clave para aminorarlo. Es decir, que la llave que necesitamos para parar esos razonamientos es, precisamente, dejar de buscar razones o justificantes que alimenten esta escena mental.

Por lo tanto, lo especialmente relevante es dejar de echar leña al fuego del enfado y tratar de contemplar la situación de manera diferente y más positiva.

Así que mantengamos esto en nuestra mente para que lo que nos enfade, no nos domine.

Fuente de interés:

Goleman, D. (2001). Inteligencia emocional. Editorial Kairós. Barcelona.

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