Quien nos enfada, nos domina

7 febrero, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por Raquel Aldana
El problema que surge cuando algo nos enfada es que esa sensación se retroalimenta en nuestro interior y, si no somos capaces de tomar distancia, puede llevarnos a la ira.

Solemos esconder nuestros enfados en público, ya que reconocer que algo nos enfada nos hace sentir vulnerables. Enfadarse está mal visto, porque se entiende de manera incorrecta y, por ende, se trata injustamente a esta emoción.

El enfado es una herramienta natural de nuestra evolución para informarnos de que hay algo que nos incomoda y que es necesario examinarlo y buscar un equilibrio.

La razón principal por la que se castiga la actitud del enfado es que se confunde con la ira o con la expresión desmedida de la molestia.

Debemos comprender que no es lo mismo explotar y ponernos a gritar que fruncir el ceño. En este sentido, la ira respondería a una mala gestión de eso que nos enfada.

La conciencia sobre la emoción, el primer paso para la liberación

Descubrir lo que nos enfada para buscar el equilibrio

Ser conscientes de nuestros sentimientos e intentar manejarlos y transformarlos son cuestiones que van de la mano. Por eso, tomar conciencia de nuestras emociones y sentimientos constituye un intento de expresión y liberación.

Así, por ejemplo, que un niño reclame a otro por quitarle su juguete implica cierta conciencia de los sentimientos negativos que le genera esa injusticia.

Es decir que, en este sentido, el enfado constituye nuestra mejor herramienta para solicitar igualdad.

Pero si ese niño sigue fijándose en el desencadenante de sus malestar y se centra solo en la negatividad, retroalimentará un estado de ánimo negativo en bucle. Es decir, el enfado aumentará, como si de una bola de nieve rodando se tratara.

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Por eso es importante comprender nuestros sentimientos tras ser conscientes de lo que nos enfada. Trabajar en nuestros sentimientos y emociones nos da la opción de seguir avanzando.

Dicho de otro modo, centrar nuestra atención en aquello que nos enfada tiene una consecuencia directa: nuestra dominación. Si superamos el estado de enfado, seremos  libres otra vez.

Lo que nos enfada nos domina

El cerebro emocional durante del enfado

Existen muchos tipos de enfado, pero todo lo que nos enfada tiene algo en común: la reacción de nuestro cerebro emocional ante una amenaza física o psicológica.

Nuestros sentidos envían el primer chispazo a la amígdala cerebral, la cual activa nuestro circuito emocional y pone en marcha al neocórtex, encargado a su vez de calcular una reacción más o menos ajustada hacia la injusticia.

La descarga de la energía límbica (amígdala y zonas adyacentes) libera catecolaminas para llevar a cabo una acción decidida y rápida. A su vez, y durante más tiempo, la rama adrenocortical de nuestro sistema nervioso nos mantiene activados y predispuestos a una acción más prolongada.

Esto es, como se diría en términos coloquiales, el mal cuerpo que se te queda tras el enfado.

Esta misma hipersensibilidad fisiológica es la que nos domina cuando nuestra mente se alimenta de una espiral de pensamientos negativos. Digamos que nuestro cuerpo nos predispone para construir enfado sobre enfado.

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Esto se traduce en una «incapacidad cognitiva» para razonar de manera adecuada, por lo que se descartan los pensamientos que podrían atenuar nuestro estado de ánimo negativo.

Lo que nos enfada, no nos deja pensar adecuadamente

El enfriamiento: la clave del desenfado

Por eso, para aplacar nuestra excitación psicológica lo primero que debemos hacer es tomar distancia de la situación y lograr que la descarga adrenalínica deje de controlarnos.

Con esto se quiere conseguir que el entorno deje de ser irritante para poder sentirnos bien por medio de la distracción.

El enfado es una emoción que se alimenta mediante nuestro monólogo interno. Nosotros mismos nos proporcionamos argumentos convincentes que nos ayudan a descargar nuestro descontento con algo o alguien.

Esta cadena de pensamientos hostiles que engrandecen el enfado constituyen la clave para aminorarlo. Es decir, que la llave que necesitamos para parar esos razonamientos es, precisamente, dejar de buscar razones o justificantes que alimenten esta escena mental.

Por lo tanto, lo importante es dejar de echar leña al fuego del enfado y tratar de contemplar la situación de manera diferente y más positiva.

Así que mantengamos esto en nuestra mente para que lo que nos enfade, no nos domine.

  • Goleman, D. (2001). Inteligencia emocional. Editorial Kairós. Barcelona.