Si quieres aprender, no puedes correr

Aunque no nos guste, debemos parar y aprender de cada error que hemos cometido. De lo contrario, volveremos a tropezar con la misma piedra una y otra vez

Si quieres aprender, lo último que debes hacer es correr. Impulsarte hacia adelante te impedirá pararte, reflexionar y solucionar los problemas que ahora tienes.

Tan solo los ignorarás y los irás acumulando, hasta que sean insoportables de sobrellevar.

Cada uno de nosotros caminamos con una mochila a nuestras espaldas que tiene un límite. Tarde o temprano, será necesario hacer limpieza.

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Sin embargo, las prisas y el miedo a que el tiempo pase demasiado rápido provocan que nuestra mochila rebose, hasta el punto de ahogarnos, de asfixiarnos, de caernos por el peso que llevamos.

Quizás esto sea porque no nos agrada nada tener que brindarle un minuto de nuestra vida a todo eso que ignoramos. Ya sea porque nos duele o porque tenemos que dedicarle demasiadas horas.

Aprender es un proceso

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Aprendemos de forma constante de todas las experiencias que vamos viviendo. De aquello que nos ha hecho daño o de los errores que hemos cometido.

En todo esto, es necesario parar. Correr hacia adelante impedirá que veamos la auténtica realidad y hará que caigamos en algunos errores que poco bien nos van a hacer.

Algunos de ellos pueden ser creer que tropezar es negativo, algo de lo que tenemos que avergonzarnos. Por eso, en nuestra inercia, corremos hacia adelante en un intento de olvidarnos de ese mal momento.

No obstante, nos hemos olvidado de reflexionar sobre el motivo de nuestra caída. Hacerlo nos habría permitido aprender y, seguramente, ayudado a escoger el mejor de los caminos.

Porque, tal vez, no estemos transitando por el sendero correcto.

También, cuando nos hacen daño es una buena oportunidad de aprender. Cerrar los ojos y empezar un sprint del que no podemos ver bien el final será una idea nefasta.

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A todos nos aterra sufrir; sin embargo, si nos parásemos a ver el dolor nos daríamos cuenta de que es inevitable, pero que el sufrimiento es opcional.

Nuestras prisas evitan que podamos darnos cuenta de todo esto. La gran consecuencia es que no aprendemos y continuamos caminando ciegos con una mochila cargada de cosas innecesarias.

Si tienes que parar, ¡para!

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La rutina, los problemas y las preocupaciones pueden provocarnos estrés, depresiones, ansiedad y otra serie de emociones que nos hacen infelices.

A pesar de todo, nos negamos a parar y continuamos en nuestro día a día sin introducir cambios, sin detenernos y sin solucionar lo que nos ocurre.

Hasta que un día explotamos y las consecuencias son devastadoras.

¿Cuántas veces te has sentido en un laberinto sin salida? ¿Qué has hecho al respecto? Probablemente, hayas intentado pasarlo por alto deseando que todo se solucionase por sí solo.

Te has olvidado de ti. Por eso, es necesario que vuelvas a reencontrarte contigo mismo, que busques y halles la felicidad que te permite sentirte vivo, lleno de vitalidad.

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No te rindas tan fácilmente. Esto lo haces cuando corres sin querer mirar atrás en vez de parar y atacar el problema de frente.

Si tienes que parar, hazlo. Sin miedo, sin dudas, sin prisas. Tómate el tiempo que te haga falta para volver a ser tú, para liberar la carga que te ha estado consumiendo.

Eres importante, tu bienestar es lo principal. No te pongas en un segundo lugar.

Aprender tiene sus ventajas

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Aprender tiene muchas ventajas. Ganaremos en experiencia, sabremos no volver a tropezar con la misma piedra y nos ayudará a madurar.

Si sabemos parar, reflexionar y enfrentar nuestras dificultades, aprenderemos a hacerlo cada vez que volvamos a notar nuestra felicidad mermada, nuestro bienestar destrozado.

Porque no será la primera ni la última vez que nos toque lidiar con alguna circunstancia adversa para la que no estamos preparados.

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La vida es una sucesión de eventualidades que se escapan de nuestro control y cuyo objetivo es retarnos, ponernos a prueba, permitirnos escoger.

Tú decides si parar y ser feliz o correr hacia adelante hasta que una pared se eleve frente a ti con un letrero de “¡basta ya!”.

Aprender es duro, porque siempre será fruto de algo negativo, que no nos gusta. No obstante, lo necesitamos.

 

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