¿Sentimos o evitamos?

Si evitamos nuestros sentimientos negativos estos no desaparecerán, sino que esperarán ahí hasta que les hagamos frente e intentemos ponerles una solución

¿Sentimos o evitamos? Si te has parado a reflexionar sobre esta pregunta, te habrás dado cuenta de que evitamos más que sentimos.

Porque parece que tenemos que encubrir nuestras emociones o fingirlas en determinadas circunstancias.

Esto es fácil de determinar con tan solo responder a la pregunta de: “¿cómo estás?”.

¿Cuántas veces hemos dicho “bien” cuando en realidad estábamos muy mal? ¿En cuántas ocasiones hemos esbozado una sonrisa cuando deseábamos pedir ayuda?

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Nos han enseñado a evitar nuestras emociones, incluso a ignorarlas en determinadas ocasiones. Por eso, nos es tan difícil identificar, gestionar y hasta entender lo que nos pasa.

Evitamos sentir emociones dolorosas porque las consideramos negativas

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Evitamos sentir, por ejemplo, emociones dolorosas. La tristeza, el llanto… Todo esto es contenido al mismo tiempo que fingimos estar bien y ser muy positivos.

Sin embargo, en nuestra intimidad, tiramos la toalla y nos permitimos ser. Apartamos toda sonrisa de nuestro rostro e incluso derramamos alguna que otra lágrima imposible de retener.

Todo esto no significa que nos encante ahogarnos en el dolor. Sino que, de cara a la sociedad, nos han inculcado que debemos sentir vergüenza si expresamos nuestro dolor en público.

El hecho de haber adoptado esta creencia ha provocado que, en ocasiones, reprimamos nuestro llanto. Así, nuestras emociones terminan acumulándose y enquistándose.

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También, todo esto ha provocado que evitemos mirarlas para entenderlas y que optemos por girarles la cara con la esperanza de que desaparezcan.

Lamentablemente, nunca lo hacen, hasta que no tengamos la valentía de enfrentarnos a ellas.

Las emociones no son ni negativas ni positivas, aunque sí es cierto que unas son más agradables que otras. Eso sí, todas ellas nos enseñan algo o nos advierten de algo.

Por ejemplo, la tristeza puede estar llamando nuestra atención para que tomemos una decisión y salgamos de una relación que no nos está haciendo bien.

Algunas maneras de evitar sentir nuestras emociones

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Evitamos nuestras emociones de una forma cotidiana. Tanto, que esto se ha terminado automatizando, hasta tal punto de no ser conscientes de ello.

Sin embargo, hoy vamos a mostrar algunos ejemplos de situaciones cotidianas en las que evitamos lidiar o enfrentarnos a nuestras emociones, haciendo caso omiso y prolongando una situación que no nos está haciendo felices:

  • Utilizamos las redes sociales para observar las vidas de los demás y admirar todo lo que hacen mientras nosotros estamos en nuestra zona de confort, conformándonos con el bienestar y la falsa sensación de compañía que las redes sociales nos proporcionan.
  • En diversas relaciones nos callamos para evitar conflictos, provocando que los vínculos se hagan cada vez más débiles, aunque perduren en el tiempo. Pero, ¿a qué precio?
  • Muchas personas sienten un gran vacío emocional con respecto a sus relaciones. Por eso, terminan refugiándose en su trabajo.
  • Cuando nos subimos en el ascensor con un desconocido, no le hablamos por ser amables, sino porque queremos evitar ese incómodo momento en el que en un recinto tan pequeño el silencio se hace insoportable.

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No somos conscientes de que todas las emociones nos quieren decir algo y que evitarlas no es la manera correcta de solucionar aquellas que más incómodos nos hacen sentir.

Es más: actuar así solo agrava el problema.

Cuando evitamos sentir, huimos en la dirección equivocada

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Cuando, por ejemplo, una persona rompe con su pareja y de repente tiene que enfrentarse a la soledad, su miedo a sentir el dolor, a experimentar esa soledad, provoca que huya en la dirección más desafortunada.

En algunas ocasiones, puede que opte por refugiarse en el alcohol para paliar esa sensación de abandono. En otras, puede que salga y empiece a acostarse con múltiples personas o inicie otra relación sin estar realmente enamorada.

La cuestión es que todos evitamos sentir aquello que tanto dolor nos provoca. El gran problema es que evitarlo no implica que desaparezca. Aquello de lo que tanto huimos volverá a manifestarse hasta que lo superemos.

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Es mucho más fácil evitar, mirar hacia otro lado. Pero, ¿vale la pena el precio que vamos a tener que pagar?

Cuando algo se evita y no se supera siempre estará ahí. Cargaremos con eso el resto de nuestra vida y cada vez nos golpeará con más fuerza.

¿Es esto lo que realmente queremos?

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