Ser feliz no es una utopía: reflexiones sobre la felicidad

31 octubre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Marcelo Rodríguez Ceberio
¿Es posible ser feliz? ¿El dinero hace o no a la felicidad? ¿Qué es lo verdaderamente importante en torno a la felicidad? El psicólogo Marcelo Ceberio da respuesta a estas y otras preguntas y nos invita a reflexionar sobre este estado que todos deseamos alcanzar.

Todos tenemos derecho a la felicidad, pero no todos sabemos qué es, en qué consiste y para qué sirve. La felicidad es un concepto absolutamente personal y subjetivo, por lo tanto, cada ser humano definirá qué es ser feliz para él.

A continuación, reflexionaremos sobre este tema, en el que con cierta frecuencia se confunden bienes materiales y bienes ostentables, el tiempo que gastamos en producir dinero para ganar tiempo, la fama y el mito del dinero que hacen a la felicidad y que, a veces, nos brindan un final catastrófico.

¿El dinero hace o no a la felicidad?

La conceptualización sobre la felicidad ha variado de acuerdo a factores socioculturales, ciclos evolutivos, perspectivas teóricas, áreas de la ciencias, etc. Todas han intentado otorgar una definición que pueda aclarar y hacer entender qué es ser feliz, desde la filosofía China y grecorromana hasta etólogos, neurocientíficos y psicólogos, como Darwin, Ekman, Friesen, Maslow, Freud, Seligman, entre otros.

Tal vez, una conclusión es que a la felicidad -al igual que otros conceptos abstractos como el amor, la lealtad, la honestidad, la generosidad y otros del mismo tenor- resulta difícil otorgarle una definición general, ya que cada persona elabora su propia definición bajo parámetros absolutamente subjetivos y personales. 

Mujer contenta

El origen del término felicidad deriva del latín felicitas que se traduce como ‘fértil’. No deja de ser acertado el concepto, puesto que cuando uno relee y estudia las diferentes definiciones de felicidad, en todas se halla presente; debido a que fertilidad implica desarrollo, proyecto, crecimiento, iniciativa, avance, significaciones que se emparentan con el estar feliz.

La felicidad puede entenderse como un estado de ánimo en el que el ser humano se siente satisfecho, contento y alegre. La felicidad se asocia con placer, pero además la sensación de se feliz:

  • Concatena factores biológicos neuroendocrinos.
  • Involucra al sistema límbico en el cerebro.
  • Implica factores emocionales, ya que la felicidad es claramente un sentimiento que en parte se basa en la alegría (una de las seis emociones básicas darwinianas)
  • Involucra factores cognitivos: nos lleva a pensar de una manera positiva socavando pensamientos negativos y automáticos y factores sociológicos.

Por otro lado, somos fértiles en lo que realizamos: cuando nos sentimos fuertes en el proceso de alcanzar objetivos y cuando logramos llegar a la meta, nos sentimos felices. Esto quiere decir que la fertilidad nos lleva a la felicidad. En este sentido, la felicidad también tiene que ver con el fortalecimiento de la autoestima y la valoración personal.

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Resultados de estudios científicos

El dinero no hace la felicidad, dice el refranero popular, pero además esta cuestión se ha comprobado científicamente. Los especialistas aseguran que hay un umbral de dinero, por ejemplo el salario mensual, que si se sobrepasa, puede derivar en depresión. ¿Cómo se explica?

Ya hace mas de 10 años que se estudia la felicidad a nivel científico, de hecho hay postgrados de neurofelicidad y hay rankeos mundiales sobre países, acerca de una serie de estándares que evalúan qué sociedad es más feliz.

Por supuesto, que el estado de felicidad conlleva el acople de ciertos neurotransmisores y neurohormonas bienhechoras como la serotonina -la sustancia de la calma, la tranquilidad y las sensaciones de bienestar- (pensemos que su déficit se encuentra en pacientes depresivos), las endorfinas, nuestras morfinas internas (segregadas en el deporte, el acto sexual, la risa), la dopamina que entre tantas bondades posee la de la motivación y la recompensa, y por último, la oxitocina –la molécula del amor- la que se segrega en situaciones de amor paterno o materno filial, en el abrazo, en el parto.

En las escalas de felicidad consistentes en protocolos con diferentes variables se ha detectado lo siguiente:

  • En los países con graves y medios problemas económicos, y con niveles importantes de pobreza, el valor del dinero es relevante para la felicidad.
  • Mientras que en países donde la ganancia per capita está asegurada, el nivel económico no se muestra relevante; es decir, no es una de las variables que asegura felicidad.

Un salario digno de los países del primer mundo posibilita buen techo, alimentación, educación, diversión y vacaciones y una organización que sostiene ese plan. Sobrepasar ese ingreso parece ser que es directamente proporcional a las obligaciones que implica ganarlo (mayor tiempo destinado al trabajo, más impuestos, cambio de inmuebles, adquisición de bienes materiales no necesarios, etc.) y con ello, menor tiempo para disfrutar. No solo la depresión puede ser uno de los resultados, sino el estrés, la adicción a sustancias, el uso de psicofármacos, etc.

Ganar más dinero también genera mayor complicación. No solo el tiempo que se gasta, sino los impuestos que se pagan, las compras que se incrementan, las cuotas que se acumulan, los montos de tarjetas de crédito que se duplican, los gastos que aumentan y dificulta el control. Ganar y complicar es una dupla complementaria difícil de romper. 

Hombre con dinero

Bienes materiales o bienes ostentables

En países capitalistas, los bienes materiales se transforman en bienes ostentables. Por ejemplo, una casa impactante, un coche de lujo, ropa de marca que se pueda ver (la marca) porque es sinónimo de prenda cara. Bienes que son adquiridos para mostrar status. Cabe preguntarse: ¿a quiénes necesitamos mostrar que somos mejores y que tenemos más dinero que la media?

El dicho «El dinero no hace a la felicidad» es una frase que se usa para contrarrestar la fuerza que tiene el mito de la importancia del dinero (el dinero como pasaporte a la adquisición de bienes materiales que reportan supuesta felicidad).

Vivimos (o hemos construido) una sociedad absolutamente exitista, cuyas variables del éxito son, entre otras, la fama, el reconocimiento social, profesión o trabajo, bienes materiales, viajes, ropa, eterna juventud, etc.

Somos biológicamente seres relacionales que establecemos vínculos y que buscamos ser aceptados e incluidos en grupos. La cuestión es ¿bajo qué parámetros edificamos la inclusión y la aceptación? Si un pilar fuerte está colocado en lo material con las aspiraciones a ser felices, estamos equivocándonos fuertemente y apartándonos de la dirección correcta.

El éxito remite más al importar parecer que al ser. Por lo tanto, cualquier bien material puede ser elemento determinante de reconocimiento.

En esta actitud, se piensa más en lo que el otro piensa acerca de uno mismo, que en el propio bienestar. Ya el famoso psicólogo Erich Fromm desarrolló todo una obra sobre Tener y ser. Por lo tanto, la equivocación exitista radica en creer que «mediante lo que tengo, soy».   

Lo que no se pone en evaluación en esa carrera loca por generar dinero para tener bienes materiales y lograr ser reconocidos es que lo que no se puede comprar es el tiempo, ese que se destina a producir el dinero para sustentar un placer idealizado. Un placer que no se alcanza porque falta tiempo y por el ritmo enfermante al que se somete el ser humano para producir. Una hermosa y sádica paradoja.

En este sentido, podemos pensar que puede ser mucho más feliz una familia de clase media y baja que tiene proyectos que una pareja adinerada. Socialmente, uno de los grandes motores aspiracionales es el deseo y es la falta de algo lo que produce que se instaure el deseo. La actitud deseante pasa a ser una gran motivadora para llevar adelante proyectos o una planificación que mueva al crecimiento. Y hablo de deseo y no de necesidad.

Aunque otros autores hablan de necesidad en un sentido biológico (necesito beber agua porque tengo sed o comer por hambre), no deja de ser cierto que las clases más pobres están mas necesitadas de funciones básicas -necesitan más que desean (pero no implica que no deseen)- como trabajar, alimentarse, salud, educación.

Las clases medias (principalmente la media media y media baja), como las clases bajas altas, suelen ser clases deseantes a corto plazo. Se preocupan, por ejemplo, por cambiar el coche por otro en mejor estado, un par de años más nuevo o mejor kilometraje; pintar la casa o adquirir un préstamo para comprar una propia y dejar de alquilar. No son aspiraciones aparentemente ostentosas, pero son grandes aspiraciones para estas clases sociales que, comparativamente para clases sociales más elevadas, son metas a las que no se le otorga valor.

Pareja en su coche

Fama, belleza y dinero: bad destiny

Como vemos, la felicidad es un concepto absolutamente subjetivo: cada sociocultura, cada contexto de cada sociocultura, cada familia de un contexto de una sociocultura y cada individuo de cada familia elaborará su propio concepto de felicidad.

Cuanto más elevada sea la clase social, mayor es el nivel de exitismo y con ello la banalidad. Cuando se tiene el poder económico se suprime el deseo, se pierde naturalmente la aspiración porque no hay lucha para obtener. Además, la atención se focaliza en el reconocimiento que hace el entorno, anulándose los valores personales. Así, se observa en los barrios «pijos» de las ciudades que la gente establece una competencia tácita por la mejor mansión (mansión sí, no casa) o el coche que evidencia mayor poder adquisitivo. 

Un buen ejemplo son las estrellas de Hollywood que alcanzaron la fama, la belleza y la fortuna y terminan en tratamientos para sus adicciones o depresiones graves, patologías que surgieron cuando se transformaron en famosos y millonarios. Precisamente, porque llegaron a ser millonarios, pero no ricos, es decir pudieron lograr mucho dinero, pero postergaron el mundo afectivo.

Esto ya fue demostrado en la investigación longitudinal más larga del mundo sobre felicidad de la Universidad de Harvard (lleva 80 años), en la que se utilizó una muestra de 3000 personas a las que se investigó y siguió durante su vida. La conclusión a la que llegaron fue que los vínculos afectivos como la paternidad, la pareja, los hijos y los amigos son los que proporcionan la verdadera felicidad. No el dinero.

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Si hay mucha focalización en la fama y el dinero, indefectiblemente se quiebra el mundo afectivo, ya que este pierde el valor de relevancia que debería tener. Además, si se alcanza el pico de la fortuna, la fama y la belleza, ¿dónde queda el deseo?

Si el motor de la aspiración y el proyecto es la motivación que produce el deseo y este se crea por la falta, si no tengo esa falta, pierdo el deseo y alguien que pierde el deseo pierde el eje de su existencia y con ello la catástrofe.

La catástrofe es un mundo de adicciones, como el alcohol y la droga, la depresión y el suicidio, que se insertan en el lugar de la falta. Y digo bien, en la falta, porque estas personas son no deseantes: creen que no les falta nada. Sin embargo, les faltan los afectos verdaderos, no los suntuarios del éxito, sino el verdadero amor de la amistad sincera, de la pareja o de la familia.

Se encuentran solos en el sentido negativo del término, como sinónimo de abandono y marginación de los afectos verdaderos. Se preocuparon tanto en ser reconocidos, que han obtenido el afecto banal e interesado y no el profundo y desinteresado.

Libros como Padre rico, padre pobre o El secreto, que proponen como meta principal en la vida convertirse en millonario, son textos que se han convertido en bestseller porque apuntan sus teorías al epicentro del exitismo

Este tipo de libros dirigen sus misiles al ideario popular del dinero como felicidad, reconocimiento y status social. Buscan delimitar acciones guiadas para producir y concretar el imaginario de la mayoría de la gente. No hay que negar que sus autores son congruentes con sus acciones. No dejan de ser coherentes con lo que preconizan: estos libros han logrado riqueza para sus autores seguramente por las regalías de los millones de ejemplares vendidos y han cambiado sus vidas, se han hecho famosos. 

A esta altura de mi desarrollo, debo aclarar que no estoy en contra de la fama. Estoy en contra del mal uso de la fama: a todos nos gusta ser reconocidos y valorados, pero otra cosa es depender de ello y que esto se constituya una aspiración en la vida. Es un objetivo paupérrimo.

Ser felices va más allá, es una filosofía de vida, es saber que hay un lado bueno de la vida a pesar de la catástrofe y que siempre hay personas afectivamente cercanas con quienes nos podemos decir te quiero, entendiendo que el amor es también un componente profundo de la felicidad.