Sufrimiento: ¿qué ocurre en nuestro cerebro cuando lo sentimos?

Valeria Sabater·
12 Abril, 2020
En el trayecto de la vida a veces nos encontramos con la experiencia del sufrimiento. ¿Te has preguntado qué es lo que pasa en esos momentos a nivel cerebral?
 

Se dice que las raíces de los árboles crecen más durante las tormentas. Esto es, de algún modo, entre las consecuencias del sufrimiento figuran también la superación y el aprendizaje.

Veamos cómo responde el cerebro en el campo de batalla y las ocasiones en que llega a tales resultados.

Sufrimiento: ¿cómo lo vive el cerebro?

Hablar de esta emoción nos lleva, de manera inevitable, a señalar la respuesta de estrés implícita en la misma.

Por tanto, como parte de esta reacción psicofisiológica, el sufrimiento se va a caracterizar por ciertos correlatos a nivel neuroendocrino, emocional y comportamental.

1. Cambios neuroendocrinos

Por un lado, se aprecian efectos tanto en la estructura como en la «química» del cerebro. Por ejemplo, una revisión sistemática de la profesora Laura L. M. Cassiers y su equipo reafirma la evidencia respecto a las alteraciones neurológicas que suelen presentar quienes han padecido sucesos traumáticos (como maltrato, abuso sexual o negligencia) en su infancia.

 

En concreto, dichos hallazgos indican que la amígdala (estructura cerebral que participa en el procesamiento del miedo) reacciona en mayor medida cuando estas personas recuerdan aquellos eventos tan dolorosos. Además, el volumen de la corteza frontal también llega a verse reducido tras la exposición prolongada a estos acontecimientos.

Asimismo, estudios como el de un grupo de investigadores de la Universidad de Oregón refieren variaciones en el equilibrio de algunos neurotransmisores, sobre todo del cortisol (hormona liberada ante el estrés).

En este sentido, dichos autores encuentran que este estado de alerta continuado se relaciona con una mayor sensibilización durante el desarrollo. Es decir, con una activación más acusada cuando tienen lugar nuevos episodios de ansiedad, lo que se manifiesta en concentraciones basales de cortisol más elevadas.

Llorar es un acto natural y necesario para liberar tensiones y emociones.

 

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2. Expresión emocional del dolor

Como vemos, vivir el dolor de modo constante genera diversos problemas en el cerebro, lo que, a su vez, afecta a la salud emocional con la que enfrentamos los siguientes retos.

De acuerdo a esto, el sufrimiento persistente se presenta como un lastre para abordar los desafíos que estén por venir e, incluso, como una limitación para disfrutar de aquello que sí es positivo a nuestro alrededor.

Por ello, si de alguna forma, podemos liberarnos, hagámoslo. Si alguien nos hace daño, reaccionemos. Si alguna preocupación nos oprime, analicemos qué alternativas existen para manejarla.

Además, en todo este proceso expresar las emociones que sentimos nos servirá como una válvula para «soltarlas» y darles un espacio durante un tiempo. Así que, desahógate con lágrimas, grita si lo necesitas.

Barajemos la opción de explorar cuáles son las posibilidades a nuestro alcance o de pedir ayuda, pero no la de seguir acumulando sufrimiento como si de una condición perpetua e inmutable se tratara.

 

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3. El sufrimiento como oportunidad para el aprendizaje

Teniendo en cuenta que la propia competencia para afrontar los problemas llega a verse comprometida en este tipo de situaciones, se identifican ciertas estrategias que pueden sernos más útiles para hacer frente al malestar.

En esta línea, un trabajo de la doctora en psicología Lindsay D. Evans, M. S. y colaboradores advierte de los riesgos de las conductas de evitación al encarar aquellas situaciones que nos resultan adversas. Por ello, se resalta el rol de un comportamiento más activo para lidiar con la angustia que caracteriza la vivencia de circunstancias a veces tan desfavorables.

El sufrimiento es un gran maestro, quizás el más despiadado, pero la fórmula para gestionarlo pasa, precisamente, por actuar. Por impedir que se instale como un huésped hostil que nos destruye.

De modo que, junto a la atención que demos a nuestras emociones, valoremos la importante oportunidad para cuidarnos que tenemos delante. Acaso, en un primer instante, nos invada la inseguridad. Pero buscando, aunque sea un atisbo de inspiración, es probable que detectemos ciertos vacíos que aún podemos cubrir.

 

Entonces, veremos qué piezas faltan, cómo solucionar esa amenaza que parecía imposible. En ese momento, habremos dado un gran paso, un magnífico avance en nuestro camino. Sin lugar a dudas, habremos aprendido y esa experiencia será un éxito más en el que seguir apoyándonos en el futuro.

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¿Y qué nos llevamos de todo esto?

Con estas reflexiones hemos revisado ciertas cuestiones que se plantean como fundamentales en las pruebas a las que nos somete el «temido» sufrimiento.

Dejemos, pues, sitio suficiente para canalizar las emociones y pensemos en los recursos con los que nos es viable abordar el dolor.

Recordemos que la capacidad para manejar la adversidad está presente en todos nosotros y que, una vez que nos ponemos «manos a la obra», ya hemos superado el tramo más difícil de la travesía.

 
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