Volver a hacer las paces con uno mismo

Debemos hacer las paces con nosotros mismos y dejar de castigarnos. Debemos aprender a ser felices con nuestro cuerpo y nuestro verdadero yo para dejar de dañar nuestra autoestima

Quiero volver a hacer las paces conmigo mismo. Porque me he hecho tanto daño y me he dejado llevar por tantos mensajes confusos que, al final, me he convertido en mi peor enemigo.

Con tan solo salir a la calle nos damos de bruces con una serie de anuncios, publicidad y carteles que nos instan a estar más delgados, a camuflar las arrugas, a lucir un cabello más poblado…

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¿Qué ocurre si tenemos unos kilos de más, arrugas profundas y poco pelo? Que nos sentiremos mal, tristes por ser como somos y, a veces, incluso sentiremos pena.

No obstante, esa es una realidad que se nos presenta, pero que está en nosotros considerarla verdadera o no. Solo hay que mirar para otras culturas para observar que son otros los cánones de belleza.

¿Por qué nos obcecamos en darle poder a algo que cambia con el tiempo y que es, sinceramente, bastante irreal y difícil de lograr?

El pozo de la perfección

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Podemos considerar la búsqueda de la perfección, entendida como el alcance de ese modelo que la sociedad nos impone, como un pozo en el que cada vez nos sumergimos más.

No hay final, tampoco hay salida posible. Porque por todos lados nos lanzan mensajes a los que les damos una credibilidad exagerada sobre pesos, estatura, belleza…

Nos movemos entre lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo… Parece que no hay términos medios, que es un todo o nada.

Podemos levantarnos muy felices por la mañana, estar muy contentos con la persona que vemos en el espejo, pero lo que veamos al salir del hogar, las críticas, el rechazo… Todo esto nos provocará tristeza y frustración.

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Tendemos a buscar la aprobación de los demás, encajar para que la sociedad nos acepte.

No obstante, aunque la autenticidad y lo diferente aún no tengan la visibilidad requerida, es importante aprender a dejar de compararse.

  • No podemos pretender tener unas piernas más delgadas si por nuestra constitución las nuestras son más bien anchas. No aceptar y rechazar esto provocará un ciclo de malestar que no tendrá un buen final.
  • No pretendamos ser lo que no somos, ni consideremos cierto ese canon de belleza que, en realidad, a lo largo del tiempo se ha visto bastante modificado.
  • Solo tenemos que ver a épocas pasadas cómo eran las personas de la época y el ideal de belleza que entonces se consideraba.

¿De verdad aún no hemos aprendido a no dejarnos llevar por esto?

Hacer las paces es posible

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No es un imposible hacer las paces con uno mismo, dejar de culpabilizarse en vano y empezar a verse como alguien único, irrepetible y lleno de cosas buenas.

¿Verdad que nos llama la atención aquella persona a la que no le importa ser como es? Así, única, es como más destaca y no le importa ser rechazada, pues su autenticidad atrae a gente que merece la pena.

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Compararnos con los demás es algo brutal para nuestra autoestima que creerá que no somos suficiente, iguales, válidos…

Es una manera gratuita de hacernos daño y de no ser felices. Sin embargo, merecemos disfrutar de la vida sin detenernos ante estas cuestiones meramente estéticas.

Hacer las paces con nosotros mismos no solo tiene que ver con lo superficial, sino con todas las creencias que también nos rondan y muchas de las cuales se han instalado muy fuerte en nuestra mente.

Por ejemplo, esa tendencia a no decir “no” porque debemos ser amables con los demás o el hecho de considerar que el amor implica sufrir son falsas.

Falacias que nos sumergen en relaciones dañinas y que nos hacen vivir situaciones en las que no nos sentimos a gusto. Pero es lo que nos enseñaron y a lo que le hemos dado una credibilidad increíble.

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Debemos aprender a cuestionárnoslo todo y a abrir los ojos ante la verdadera realidad, no ante aquella que otros quieren idealizar y presentar.

Es posible hacer las paces con nuestro verdadero yo, deshaciendo todo lo que veníamos creyendo cierto y que nos ha hecho la vida difícil.

Es el momento de liberarnos de esta gran carga, de dejar de culparnos, de querer parecernos a otro.

Empecemos a preocuparnos por sacar a relucir lo que realmente somos.