Yo no cambio por nadie, mejoro por quien lo merece

15 Septiembre, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por Raquel Aldana
En ocasiones hay quienes intentan que seamos diferentes. Bajo intereses más o menos explícitos, esas personas desean ver cumplidas las expectativas que ellas mismas se marcan respecto a los demás.

Bajo expresiones como la de “Yo no cambio por nadie”, hay quien se defiende ante las expectativas ajenas. No obstante, las variaciones son justo una de esas constantes que acompañan al tiempo de forma irremediable.

A menudo solo nos es posible dirigir en cierta medida la transformación. En este proceso, además, sentimos miedo. Nos vemos incapaces de imaginar qué encontraremos detrás del telón. Sin embargo, estamos ante un misterio apasionante, ese que representa el mejor reto para el verbo ser…

Con todo, el cambio es el encargado de interrumpir los bautizos a los que le invitamos y en los que ponemos nombres. Alterando el orden, intenta incluso que los demás no se sientan perdidos.

¿Quieres saber más? A continuación compartimos algunas reflexiones que tal vez te interesen. Si es así, ¡sigue leyendo!

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Yo no cambio por nadie, pero sí mejoro por quien lo merece

Pocos recogieron con tanto valor literario lo complicado que nos resulta asimilar esta inercia inquebrantable de mutación natural como Víctor Hugo. En su obra Los miserables apreciamos como un inspector se niega a aceptar que un hombre maléfico pueda transformarse en un ejemplo de bondad.

¿Por qué se produce la negación de esta posibilidad? Reconocer algo así implica entender que la complejidad de la realidad es bastante mayor. Supone que la visión con la que la observamos se queda corta en ocasiones.

Esta idea conlleva también que los propios juicios se basen en un pasado que, simplemente, ya no es y cuyo aspecto ahora dista mucho de lo que una vez fue.

Por otro lado, es frecuente que tengamos una opinión positiva de lo que creemos que somos. Por ello, en el momento en que tenemos que modificar ciertos hábitos o comportamientos nos cuesta también alterar el autoconcepto que hemos ido construyendo.

Veamos todo esto un poco más despacio.

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La resistencia al cambio

Si comprender el cambio es una cuestión complicada, comenzarlo es igual o más difícil. Frente a él está la comodidad de quedarnos como estamos, siguiendo la lógica conservadora de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.

Otro de los enemigos de la evolución o de la asunción de riesgos suelen ser las personas que nos quieren. Estas piensan que variar algunas costumbres llega a hacernos más vulnerables al sufrimiento.

Además, podemos decir que estas resistencias a menudo ejercen una fuerza proporcional a la magnitud de la distancia que queramos recorrer. Esto es, desde donde nos encontramos hasta el lugar que pretendemos alcanzar.

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Las motivaciones de los demás

Nos agrade o no, cabe señalar que a veces aquellos nos rodean nos intentan cambiar. En esos casos parece que no encajamos de forma exacta en lo que ellos se imaginan. Quizás por envidia o, incluso, por desconocimiento, la intención que acaban mostrando es la de entorpecer o detener las aspiraciones ajenas.

Este afán por moldearnos según diferentes intereses se presenta de modo sutil en algunas circunstancias. Un ejemplo lo encontramos en esas situaciones en las que alguien refuerza, reconoce o premia las acciones del otro. Con tal gratificación está aumentando las posibilidades de que en un futuro se repita un comportamiento similar.

Ahora bien, en otras ocasiones el objetivo es directo y sin disfraz. Bajo la fórmula del chantaje, la idea viene a ser: “o pasas por el círculo que te impongo o tendrás consecuencias que no te gustarán”. Este planteamiento genera en nosotros sentimientos negativos, como la tristeza, el rechazo o la indefensión.

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Por otro lado, está el cambio que motivamos nosotros. Se trata de una iniciativa consciente y meditada. La decisión parte de cada cual con el propósito de transformar ciertas condiciones o conductas que afectan al propio bienestar.

Con esa finalidad cobra sentido el hecho de esforzarse por alterar rutinas y actitudes. Porque el primero que merece progresar y mejorar el curso de los acontecimientos es uno mismo.

Con todo, aunque los demás deseen ver cumplidas determinadas expectativas, estas al final solo se harán realidad si los implicados así lo estiman.

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El cambio a partir del equilibrio y la madurez

Si dejamos ir aquello que no nos aporta nada o que hasta nos resulta perjudicial, nos liberaremos de cargas que nos impiden avanzar.

Frente a la queja, tenemos la oportunidad de buscar soluciones. Existen pistas que, en medio de la maleza, nos llevarán por otros senderos.

Además, aceptar lo que sentimos nos ayudará a superar esa aparente vulnerabilidad al cambio. Este, por supuesto, llegará si nosotros queremos. Porque somos quienes lo merecemos…