Yo no cambio por nadie, mejoro por quien lo merece

Para bien o para mal, todas las personas que nos rodean nos intentan cambiar. En nuestra mano estará identificar quiénes lo hacen por nuestro bien y quiénes buscan lo contrario

El cambio es una de esas constantes que acompañan al tiempo allá donde habita y se desarrolla. Sucede con nosotros, porque nuestra voluntad no puede hacer nada para impedirlo, solamente para dirigirlo.

Es natural que nos dé miedo, pues no tenemos la capacidad para imaginar qué encontraremos exactamente detrás de su telón. Sin embargo, el cambio es un misterio apasionante que representa el mejor reto para el verbo ser.

Es el encargado de interrumpir los bautizos a los que le invitamos y en los que ponemos nombres. Se encarga de dar fe de que el desordenado puede hallar un orden en el que los demás no se sientan perdidos.

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¿Qué implica entender el cambio?

Pocos recogieron con tanto valor literario lo complicado que nos resulta asimilar esta inercia inquebrantable de mutación natural como Víctor Hugo en Los miserables.

En ella apreciamos como un inspector se niega a aceptar que un hombre asiduo al mal pueda transformase en un ejemplo de bondad.

¿Por qué se produce la negación de esta posibilidad? Reconocer algo así implica entender que la complejidad de la realidad es mucho mayor que la simpleza con la que la tratamos en ocasiones.

Conlleva también que nuestros juicios pueden basarse en un pasado que, simplemente, ya no es, y que cuya transformación dista mucho de lo que una vez fue.

Por otro lado, la mayoría de nosotros tenemos una opinión positiva de lo que creemos que somos.

Entender que pueden producirse cambios radicales implica asimilar que podemos modificar profundamente nuestra autopercepción hacia un polo negativo. Esto da miedo, vértigo emocional.

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La resistencia al cambio

Si entender el cambio es una cuestión complicada, comenzarlo es, en ocasiones, igual o más difícil. Frente a él está la comodidad de quedarnos donde estamos, siguiendo la lógica conservadora de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.

Otro de los enemigos de la evolución, o al menos de la asunción de riesgos, suelen ser las personas que nos quieren. Ellos entienden que el cambio tiene una parte de exposición que nos puede hacer más vulnerables al sufrimiento.

Finalmente, podemos que decir que estas resistencias suelen ejercer una fuerza proporcional a la magnitud de la distancia que queramos recorrer, desde donde estamos hasta el lugar que queremos alcanzar.

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Las motivaciones del cambio

Nos guste o no, debemos asumir que todas las personas que nos rodean nos intentan cambiar, pues para ninguna somos exactamente como deberíamos de ser. Las que nos quieren bien intentaran potenciar nuestra evolución y aquellas que nos tienen envidia que esta se detenga o, simplemente, que no comience.

Este intento por moldearnos respondiendo a diferentes intereses en muchas ocasiones es sutil pero, en otras, es directo y sin disfraz.

Un ejemplo de sutileza lo encontramos cuando una persona refuerza, reconoce o premia alguna de nuestras acciones.Quiera o no, dándonos una gratificación está aumentando las posibilidades de que en un futuro actuemos de una forma similar.

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Una forma mucho más burda tiene que ver con el chantaje: “o pasas por el círculo que te impongo o te impondré igualmente una consecuencia que no te gustará”. Este planteamiento genera en nosotros sentimientos negativos, como la tristeza o la sensación de indefensión.

Por otro lado está el cambio que motivamos nosotros. Una iniciativa extraordinariamente rica, aunque solo sea porque parte de un reconocimiento del control que tenemos sobre lo que nos ocurre y porque la potencial sensación de bienestar que puede generar es enorme.

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Especialmente si se trata de un cambio meditado, costoso, con sentido y que tiene sus cimientos en una madurez emocional sólida.

Niña con mariposas alrededor y los ojos cerrados

El cambio a partir de la madurez emocional

Las personas con una madurez emocional desarrollada se caracterizan por dejar ir aquello que no les aporta nada o directamente les perjudica.

No están dispuestas a pagar cualquier precio por permanecer donde están, y tampoco permiten que lo negativo se acumule como una carga que no pueden abandonar.

Además, frente a la queja buscan soluciones, pistas que les enseñen algún sendero oculto entre toda la maleza que ven. Finalmente, podemos decir que su cambio hacia el crecimiento parte de la vulnerabilidad de respetar y de entender sus sentimientos.

Han comprendido que son mucho más fuertes en la coherencia de mostrarse de una manera que puede parecer disonante, pero que sintoniza perfectamente con la realidad sobre la que se han dispuesto para crecer.

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